Adrián miró a Celeste.
—Viva.
Celeste dejó caer el documento.
—No.
—Sí.
—Mi madre está muerta.
—Eso es lo que te dijeron.
—¿Dónde?
Adrián respondió:
—En una clínica privada.
Celeste comenzó a llorar.
—Quiero verla.
—La veremos.
Entonces escuchamos un disparo.
La ventana explotó.
Tomás tiró de mí al suelo.
Adrián se lanzó hacia Celeste.
Todo ocurrió en segundos.
Otro disparo.
Gritos.
Cristales.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Salgan!
Tomás nos empujó hacia una salida lateral.
Corrimos.
Esta vez no huíamos del pasado.
Huíamos de personas dispuestas a matar para mantenerlo enterrado.
Y mientras corría, comprendí que mi padre había dejado una última tarea.
No vengarlo.
No destruir a Adrián.
No recuperar nada.
Descubrir la verdad.
Aunque esa verdad terminara destruyendo la imagen que había tenido de mi propio padre.
Porque algunas historias no terminan cuando dejas a una persona.
A veces empiezan cuando finalmente descubres quiénes eran todos los demás.
PARTE 4 — FINAL
Corrimos hasta que los pulmones dejaron de responder.
Tomás encontró un coche abandonado detrás de la iglesia y conseguimos alejarnos antes de que quienes habían disparado pudieran alcanzarnos.
Durante varios minutos nadie habló.
Celeste lloraba en silencio.
Adrián tenía una pequeña herida en la frente.
Yo miraba por la ventana.
La ciudad pasaba frente a mis ojos.
Todo parecía normal.
Personas caminando.
Restaurantes abiertos.
Luces encendidas.
Una pareja riendo frente a una tienda.
El mundo seguía funcionando.
Y, sin embargo, mi vida acababa de volver a romperse.
—¿Dónde está Elena? —pregunté.
Adrián respondió:
—A dos horas de aquí.
—Vamos.
Tomás me miró.
—Valeria, acabamos de recibir disparos.
—Precisamente.
—No sabemos quiénes eran.
—Sí sabemos.
Miré a Adrián.
—Tu padre.
Él no respondió.
—¿Me equivoco?
—No.
Celeste levantó la cabeza.
—Quiero verla.
Adrián asintió.
—Entonces iremos.
La clínica estaba escondida entre montañas.
No tenía un letrero grande.
