Parte 1
El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida
Apenas me senté en el avión que me llevaría fuera del país, mi teléfono vibró.
Era Adrián Vidal, mi marido.
«La salud de Celeste no es adecuada para donar médula. Ya encontré otro donante. ¿Dónde estás? Voy a recogerte para que vayamos al hospital a hablar de la operación.»
No respondí.
Un minuto después:
«¿Por qué no contestas?»
«¿Estás dormida?»
Apagué la pantalla.
Poco después, el teléfono empezó a vibrar sin descanso.
«¿Dónde estás?»
«¿Por qué no estás en casa?»
«¡Contesta, Valeria! Si sigues ignorándome, nos divorciamos.»
Leí aquella última frase y casi me reí.
Divorcio.
Qué casualidad.
El acuerdo ya estaba firmado.
Solo faltaba que terminara el período legal de espera.
Lo que Adrián todavía no sabía era que mi padre había muerto.
Una semana atrás, mientras él prometía encontrar “otra solución”, mi padre estaba esperando una intervención que dependía de la donante compatible que Adrián había financiado y protegido durante meses.
Celeste.
Dieciocho años.
Hermosa.
Frágil.
La chica a la que él juraba cuidar únicamente para que pudiera llegar en buenas condiciones al día de la donación.
Pero aquel día Celeste tuvo miedo.
No apareció.
Yo llamé cincuenta y dos veces.
Cuando finalmente respondió, estaba llorando.
—No puedo… tengo miedo…
Y entonces escuché la voz de Adrián al fondo.
—Ya está. No llores.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
—Si tienes miedo, no dones.
Sentí que el teléfono se me caía de las manos.
Corrí al estacionamiento.
Allí estaba su Maybach.
Celeste lloraba abrazada a él.
Adrián le acariciaba la espalda.
—Como mucho retrasamos la operación un mes.
—Buscaré a alguien más.
—Nunca te obligaré a hacer algo que no quieras.
