El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

Solo una pequeña placa metálica.

Tomás habló con el guardia.

Después de unos minutos nos dejaron pasar.

Una mujer nos esperaba en una habitación privada.

Cabello gris.

Rostro delgado.

Un cuerpo demasiado frágil para la cantidad de dolor que había sobrevivido.

Celeste se quedó paralizada.

—Mamá.

La mujer levantó los ojos.

Durante un segundo no reconoció a su hija.

Después sus labios temblaron.

—¿Celeste?

Ella corrió.

Se abrazaron.

Yo aparté la mirada.

No quería invadir aquel momento.

Pero escuché el llanto de Celeste.

Un llanto que parecía tener doce años de retraso.

Después de varios minutos, Elena me miró.

—Tú eres Valeria.

Asentí.

—Sí.

—Tu padre hablaba de ti.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Lo conoció?

—Mucho antes de que tú conocieras a Adrián.

Me senté.

—Quiero saber la verdad.

Elena cerró los ojos.

—Entonces tendrás que aceptar que tu padre no era el hombre perfecto que recuerdas.

Ya había escuchado eso.

Pero esta vez dolía más.

—Lo aceptaré.

—Tu padre participó en los ensayos.

—Lo sé.

—No empezó como algo ilegal.

—¿Qué pasó?

—Los resultados empezaron a mostrar efectos secundarios.

—Y los ocultaron.

—Sí.

—¿Mi padre también?

—Sí.

Sentí el peso de la palabra.

—¿Por qué?

—Dinero.

—¿Solo dinero?

Elena negó.

—Miedo.

—¿A quién?

—A la familia Vidal.

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