—Entonces mi padre era culpable.
—Sí.
—¿Y luego quiso denunciarlo?
—Cuando descubrió que estaban utilizando pacientes reales para probar medicamentos modificados.
—¿Celeste?
Elena bajó la mirada.
—Sí.
Celeste se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Elena lloró.
—Tu enfermedad no era la que te dijeron.
Celeste comenzó a temblar.
—¿Entonces qué tengo?
—Nada grave.
Silencio.
—¿Nada?
—Tus análisis fueron manipulados.
Celeste se llevó una mano a la boca.
Adrián cerró los ojos.
—No.
Elena continuó:
—Querían que parecieras una paciente delicada.
—¿Por qué?
—Para controlar tus movimientos.
—¿Y la médula?
—Nunca fuiste la única donante compatible.
La habitación quedó completamente en silencio.
Miré a Adrián.
Él bajó la cabeza.
—¿Lo sabías?
—Descubrí la verdad demasiado tarde.
—¿Cuándo?
—Poco antes de la operación.
—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?
—Porque mi padre ya sabía que yo había descubierto todo.
—Y utilizaste la operación para seguir cerca de Celeste.
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián tragó saliva.
—Porque necesitaba saber qué iban a hacer con ella.
Celeste lo miró.
—¿Entonces nunca me quisiste?
Adrián respondió con honestidad.
—Te quise de una manera equivocada.
—¿Como una hermana?
—Como alguien a quien sentía que debía salvar.
Celeste lloró.
—Yo pensé que…
—Lo sé.
Ella cerró los ojos.
—Yo también confundí eso con amor.
Elena extendió la mano hacia su hija.
—Celeste, escúchame.
—¿Qué?
—Nada de esto fue culpa tuya.
Celeste negó.
—Pero tu padre murió.
—Sí.
—Y yo no doné.
Elena miró hacia mí.
—Eso sí fue una decisión tuya.
Celeste bajó la cabeza.
—Lo sé.
Yo respiré.
—Y esa decisión tuvo consecuencias.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Pero ahora entiendo que te manipularon durante años.
—Sí.
—Eso no borra lo que hiciste.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero seguir odiándote.
Celeste levantó los ojos.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansada.
Una lágrima recorrió su rostro.
—Yo también.
