Celeste retrocedió.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Entonces Adrián sacó un documento.
—Tu madre dejó una declaración.
Celeste lo tomó.
Sus manos temblaban.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
Adrián miró hacia mí.
—De mi padre.
Un ruido apareció afuera.
Un coche.
Después otro.
Tomás se asomó por una ventana.
—Tenemos compañía.
Adrián se acercó.
—Tenemos que irnos.
—No.
Lo miré.
—Todavía no.
—Valeria.
—Quiero una respuesta.
—No aquí.
—¿Mi padre murió por esto?
Adrián cerró los ojos.
—Sí.
—¿Lo mataste?
Su rostro se quebró.
—No.
—¿Sabías que iban a hacerlo?
Silencio.
—Adrián.
—Lo sospechaba.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sospechaba.
—Y no lo evitaste.
—Intenté hacerlo.
—¿Cómo?
—Fui al hospital.
—¿Qué hiciste?
—Entré en su habitación.
—¿Y?
—Tu padre ya había recibido el medicamento.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Quién lo administró?
Adrián tardó.
—Una enfermera.
—¿Quién la envió?
—Mi padre.
Sentí una mezcla de rabia y alivio.
Al menos una respuesta.
—¿Por qué me mentiste?
—Porque después de que murió, mi padre me amenazó.
—¿Con qué?
—Contigo.
—¿Qué dijo?
Adrián me miró.
—Dijo que si hablaba, tú serías la siguiente.
El silencio fue absoluto.
Entonces entendí algo.
Adrián no había sido inocente.
Pero tampoco había sido libre.
Había cometido errores.
Había sido cobarde.
Había permitido que Celeste ocupara un espacio que nunca debió ocupar.
Había dejado que mi padre muriera sin contarme la verdad.
Pero también había pasado diez años intentando mantenerme lejos de una guerra que ni siquiera sabía que existía.
—¿Por qué ahora?
Pregunté.
—Porque mi padre está muriendo.
Todos nos quedamos inmóviles.
—¿Qué?
—Cáncer.
—¿Y quiere confesarse?
—No.
Adrián sonrió amargamente.
—Quiere asegurarse de que nadie más pueda destruir lo que construyó.
—¿Dónde está?
—En casa.
—¿Y por qué no está aquí?
—Porque sabe que lo estoy traicionando.
Tomás preguntó:
—¿Dónde está Elena?
