“Solo me queda un año de vida. Cásate conmigo, dame un hijo y tu familia nunca más tendrá problemas económicos”,

En el pueblo circulaban varios rumores, pero lo cierto era que no había quien mantuviera a la familia, no había dinero y, a veces, realmente no tenían nada que comer.

La madre se debilitaba con cada mes que pasaba. Las medicinas eran caras. La niña se levantaba antes del amanecer y trabajaba en la granja hasta que anochecía, pero apenas le alcanzaba para comprar pan. A veces se sentaba junto a la ventana y simplemente miraba el camino, sin saber qué hacer a continuación.

Y fue en ese momento cuando un hombre rico apareció en sus vidas. Tendría unos cuarenta años. Llevaba un traje caro, un coche caro y la mirada penetrante de un hombre acostumbrado a ser aceptado.

Llegó a su casa y dijo con calma, casi con indiferencia:

“Ayudaré a tu padre a salir antes de tiempo. Pagaré sus deudas. A tu familia nunca le faltará de nada. Solo cásate conmigo y dame un hijo. De todas formas, moriré en un año.”

Hablaba como si estuviera hablando de comprar un terreno.
La chica guardó silencio. Lo miró a la cara, a su seguridad, y de repente sintió lástima por él. Cuarenta años. Rico. Y aún solo. Repitió que los médicos le habían dado un año como máximo.

La chica aceptó. No por el dinero, eso se decía a sí misma. De todas formas, él moriría en un año. Y su padre saldría de la cárcel, y su madre recibiría tratamiento. ¿Qué tenía que perder?

La boda fue rápida y discreta.

Pero en su noche de bodas, algo le sucedió a la chica que la dejó completamente horrorizada, y a la mañana siguiente huyó de la casa.

Cuando su marido se durmió, la chica no pudo conciliar el sueño. La casa le parecía extraña y fría. Se levantó para caminar por el pasillo y, por casualidad, vio una luz en el despacho. La puerta estaba ligeramente abierta.

Había papeles sobre el escritorio.

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