Esa era Lucía.
No un número en un estado de cuenta.
Gabriel presentó la demanda de divorcio y las acciones civiles correspondientes. También pidió que se investigara formalmente la manipulación de comunicaciones y autorizaciones.
Yo solo puse tres condiciones para cualquier acuerdo:
Quería el divorcio.
Quería las cenizas y pertenencias de Lucía.
Y cualquier compensación económica que me correspondiera por el manejo de sus gastos médicos iría a un fondo independiente para pacientes sin recursos.
No quería la casa de Alejandro.
No quería sus coches.
No quería una pensión absurda.
Después de tres años dependiendo de su dinero, lo único que deseaba era no volver a pedir permiso para comprar mi libertad.
Alejandro rechazó inicialmente el divorcio.
Sus abogados propusieron que viviéramos separados seis meses.
Después un año.
Después ofrecieron una casa en Polanco a mi nombre.
Respondí lo mismo.
—No estoy negociando cuánto cuesta quedarme. Estoy decidiendo irme.
Entonces Alejandro hizo algo que sorprendió incluso a sus propios abogados.
Apareció públicamente.
Sin Patricia.
Sin su equipo de relaciones públicas hablando por él.
Frente a varias cámaras declaró:
—Di una orden irresponsable y cruel. Aunque otras personas hayan ocultado información después, yo creé las condiciones para que eso ocurriera. Mi esposa pidió ayuda y la traté como un problema administrativo. No existe explicación que repare las consecuencias.
Vi la transmisión desde Canadá.
Mariana me preguntó:
—¿Te mueve algo escucharlo?
Pensé varios segundos.
—Sí.
—¿Qué?
—Que habría dado cualquier cosa por escuchar esa versión de Alejandro seis horas antes de que muriera Lucía.
Eso era lo insoportable del arrepentimiento tardío.
