Puede ser sincero.
Puede incluso cambiar a una persona.
Pero no controla el reloj.
Semanas después regresé a México para recoger las cenizas de mi hermana y firmar el acuerdo definitivo.
Gabriel organizó el encuentro en su despacho.
Neutral.
Grabado.
Con abogados presentes.
Llegué con la urna de Lucía entre los brazos.
Cuando Alejandro entró y la vio, se quedó clavado junto a la puerta.
Había adelgazado.
Tenía ojeras.
Por primera vez desde que lo conocí, su traje perfecto parecía puesto sobre un hombre que no sabía qué hacer consigo mismo.
—Daniela…
—Tienes diez minutos.
Se sentó frente a mí.
Miró la urna.
—Lo siento.
—Lo sé.
Levantó la vista sorprendido.
—¿Lo sabes?
—Sí. Sé que ahora lo sientes.
La palabra “ahora” le hizo bajar la cabeza.
—He repetido esa noche mil veces.
—Yo también.
—Si hubiera contestado…
—No contestaste.
—Si hubiera revisado personalmente los mensajes…
—No lo hiciste.
—Si no hubiera dado esa orden…
—Pero la diste.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No disfruté verlo así.
Solo pensé cuánto habría amado a ese hombre si hubiera sido capaz de llorar conmigo cuando todavía había alguien que salvar.
—No puedo dormir —dijo.
—Yo tampoco.
—Daniela, no voy a pedirte que regreses.
—Qué bueno.
Tragó saliva.
—Pero quisiera hacer algo.
Miré la urna.
