—Hay cosas que no se arreglan haciendo algo después. Solo se cargan.
—Déjame cargar una parte.
—No puedes.
—Puedo pagar…
Se interrumpió solo.
Eso me hizo mirarlo.
Por fin había entendido que el dinero no servía para todas las frases.
Saqué los documentos del divorcio.
—Firma.
Observó las hojas durante mucho tiempo.
—Si firmo, ¿te vas para siempre?
—Alejandro, yo ya me fui.
Su mano tembló al tomar la pluma.
Firmó.
No sentí victoria.
Sentí un silencio enorme dentro de mí.
Como cuando uno se quita un anillo después de años y todavía queda la marca alrededor del dedo.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Era niño o niña?
La pregunta me atravesó.
Gabriel hizo ademán de intervenir.
Lo detuve.
—No lo sé.
Alejandro respiró hondo.
—¿Habías pensado algún nombre?
Durante el vuelo a Vancouver había pensado en uno.
No sabía por qué.
Tal vez porque necesitaba despedirme también de esa posibilidad.
—Mateo, si era niño. Natalia, si era niña.
Alejandro se cubrió la cara.
Sus hombros empezaron a temblar.
No me acerqué.
Durante demasiado tiempo mi compasión había sido el puente por donde otros regresaban después de lastimarme.
Esta vez no crucé.
Saqué de mi bolsa una fotografía de Lucía antes de enfermar.
Estaba en Puerto Vallarta, riéndose con un sombrero demasiado grande.
La puse frente a Alejandro.
—Quiero que la conserves.
Él tomó la foto.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien vuelva a decirte que un retraso, una autorización o una cifra son “solo administración”, quiero que recuerdes que al otro lado hay un rostro.
Me levanté.
