Mientras me sumergía en la tina de mármol llena de agua caliente y sales aromáticas, no podía dejar de preguntarme cómo mi vida había cambiado tan dramáticamente en una sola tarde. Hacía unas horas estaba sentada bajo la lluvia, sintiendo que mi mundo se había acabado. Ahora estaba viviendo como una reina.
Cuando bajé, vestida con un elegante conjunto de pantalón azul marino y una blusa de seda, Víctor me esperaba en la sala con dos copas de vino tinto.
—Necesitamos hablar —me dijo, pero su expresión era seria.
Me senté a su lado en el sofá de cuero italiano, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa?
Víctor tomó mis manos entre las suyas.
—Paulina, lo que pasó hoy no fue coincidencia. He estado investigando a Carolina y a Carlos Alberto durante meses.
—¿Investigando? —mi voz salió como un susurro.
—Cuando Carolina me dejó, al principio me dolió. Pero después comencé a notar cosas extrañas: la forma en que hablaba de dinero, cómo trataba a las personas que consideraba inferiores. Y luego te conocí a ti.
Víctor se levantó y caminó hacia la ventana que daba al jardín.
—Al principio solo quería ser tu amigo. Me daba lástima la forma en que tu propio hijo te trataba cuando ibas al hospital. Pero después me di cuenta de que había algo más profundo ocurriendo.
—¿Qué quieres decir?
Se volvió hacia mí, y había algo peligroso en sus ojos.
—Contraté a un investigador privado para revisar las finanzas de Carlos Alberto. Lo que descubrimos fue perturbador.
Sentí que mi corazón comenzaba a latir más rápido.
—Víctor, me estás asustando.
—Durante los últimos dos años, mientras Eduardo estaba enfermo, Carlos Alberto ha estado robando dinero de la empresa familiar.
Las palabras me golpearon como una bofetada.
—Eso no puede ser cierto.
Víctor regresó al sofá y sacó una carpeta de debajo de la mesa de centro.
—La empresa de construcción que Eduardo fundó hace treinta años tenía un valor aproximado de ochocientos mil dólares cuando él se enfermó. Hoy vale menos de ciento cincuenta mil.
Abrió la carpeta y me mostró documentos que no entendía completamente, pero las cantidades eran claras. Transferencias bancarias, cheques falsificados, facturas inventadas.
—Carlos Alberto ha estado desviando dinero a cuentas personales —continuó Víctor—. Aproximadamente cada mes durante los últimos veinticuatro meses.
Sentí que el mundo giraba a mi alrededor.
—Seiscientos mil dólares —susurré.
—Exacto. Y Carolina lo sabía. De hecho, ella fue quien le sugirió algunas de las estrategias más sofisticadas.
Víctor me mostró otro documento.
—Mira esta transferencia. Cincuenta mil dólares que se suponía que iban a pagar el nuevo equipo médico que Eduardo necesitaba en casa. En lugar de eso, Carolina los usó para comprarse un auto deportivo.
Mis manos temblaban mientras miraba las cifras. Todo ese tiempo, mientras yo me preocupaba por pagar las medicinas de Eduardo, mientras sacrificaba mis propias necesidades para asegurarme de que él tuviera lo mejor, mi propio hijo me estaba robando.
—Pero hay más —dijo Víctor en voz baja.
—¿Más?
No estaba segura de poder soportar más revelaciones.
—La casa que te quitaron hoy. Carlos Alberto mintió cuando dijo que la habían vendido.
—¿Qué?
Víctor sacó otro conjunto de documentos.
—Hipotecaron la casa hace tres meses. Usaron documentos falsificados con tu firma para conseguir un préstamo de doscientos mil dólares.
Sentí como si me hubieran vaciado todo el aire de los pulmones.
—Eso es imposible. Yo nunca firmé nada.
—Por supuesto que no. Pero Carolina trabajó en un banco antes de conocer a Carlos Alberto. Sabía exactamente cómo falsificar los documentos necesarios.
Víctor me mostró copias de los papeles del préstamo. Efectivamente, ahí estaba mi firma. Pero yo sabía que jamás había firmado esos documentos.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo lágrimas calientes corriendo por mis mejillas—. ¿Por qué harían esto?
—Dinero y codicia —respondió Víctor simplemente—. Carolina convenció a Carlos Alberto de que tenían derecho al dinero porque iban a heredarlo eventualmente de cualquier manera.
Me levanté del sofá, necesitando moverme, hacer algo con la energía nerviosa que corría por mi cuerpo.
—Todo este tiempo pensé que Carlos Alberto me estaba cuidando. Cuando Eduardo se enfermó, él se hizo cargo de las finanzas porque yo no entendía todos los números.
—Y él aprovechó tu confianza —terminó Víctor por mí.
—¿Cuánto tiempo has sabido esto?
—Tres meses —admitió Víctor—. Desde que el investigador privado me entregó el primer reporte.
—¿Y no me dijiste nada?
Víctor se acercó a mí, tomando mis manos temblorosas entre las suyas.
—Paulina, tenía que estar seguro. Y también tenía que protegerte. Si Carlos Alberto hubiera sabido que yo conocía la verdad, podrían haber hecho algo drástico.
—¿Más drástico que echarme a la calle el día del funeral de mi esposo?
—Mucho más drástico —dijo Víctor en voz baja—. Hay otras cosas que aún no te he contado.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—¿Qué más?
Víctor caminó hacia la ventana otra vez, como si necesitara distancia para decir lo que venía después.
—La muerte de Eduardo no fue completamente natural.
—¿Qué quieres decir? —mi voz salió como un grito ahogado.
—Eduardo estaba mejorando. Los doctores estaban sorprendidos por su progreso durante las últimas semanas. Pero de repente empeoró dramáticamente.