—Los doctores dijeron que a veces pasa eso con el cáncer.
—Sí, a veces pasa —Víctor se volvió hacia mí—. Pero no cuando el paciente ha estado tomando medicamentos que no debería tomar.
Sentí como si el piso se estuviera moviendo debajo de mis pies.
—No entiendo.
—El investigador privado también revisó los registros médicos de Eduardo. Durante sus últimas dos semanas, alguien estuvo alterando sus medicamentos.
—¿Alguien lo estaba envenenando?
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
—No exactamente envenenando. Pero sí dándole medicamentos que interferían con su tratamiento contra el cáncer. Medicamentos que aceleraron su declive.
Me dejé caer en el sofá, sintiendo que todas las fuerzas habían abandonado mi cuerpo.
—Carolina…
—Carolina tenía acceso a medicamentos a través de sus contactos. Conocía personas en el sector médico. Y, más importante todavía, tenía un motivo.
—¿Motivo?
—Mientras Eduardo estuviera vivo, existía la posibilidad de que descubriera el robo. También existía la posibilidad de que cambiara su testamento. Carolina necesitaba que muriera pronto, antes de que hubiera complicaciones.
Cerré los ojos, tratando de procesar todo lo que Víctor me estaba diciendo. Mi esposo, el hombre al que había amado durante cuarenta y tres años, había sido asesinado lentamente por la codicia de mi propio hijo y de su novia.
—¿Tienes pruebas de esto?
—Tengo pruebas circunstanciales: registros de compras sospechosas, testimonios de enfermeras que notaron cambios extraños, análisis de sangre que muestran sustancias que Eduardo no debería haber tenido en su sistema.
Víctor regresó al sofá y se sentó a mi lado.
—Paulina, sé que esto es demasiado para procesar en un día, pero necesitabas saber la verdad.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, sorprendida de lo calmada que sonaba mi propia voz.
—Vamos a conseguir justicia —respondió Víctor.
Había algo frío y determinado en su voz que nunca había escuchado antes.
—Pero primero vamos a asegurarnos de que no puedan lastimarte nunca más.
—¿Cómo?
Víctor sonrió, pero no era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de un depredador que había encontrado a su presa.
—Carolina y Carlos Alberto creen que ganaron. Creen que se deshicieron de ti y que ahora pueden disfrutar del dinero que robaron. Pero no saben que yo he estado comprando todas sus deudas.
—¿Qué significa eso?
—Significa que ahora soy dueño de la hipoteca de tu casa. Soy dueño de las deudas de las tarjetas de crédito de Carolina. Soy dueño del préstamo del auto deportivo que compró con el dinero de Eduardo.
Sentí una chispa de esperanza por primera vez en horas.
—¿Puedes recuperar mi casa?
—Puedo hacer mucho más que eso —dijo Víctor, tomando mi mano—. Mañana Carolina y Carlos Alberto van a descubrir que su mundo perfecto está construido sobre arena movediza. Y cuando se derrumbe, voy a estar ahí para asegurarme de que paguen por cada lágrima que te hicieron derramar.
Por primera vez desde la muerte de Eduardo, sonreí genuinamente.
La venganza era un plato que se servía frío. Y después de meses de planificación, Víctor había preparado un banquete.
A la mañana siguiente desperté en la cama más cómoda de mi vida, pero con el peso de todo lo que Víctor me había revelado presionando mi pecho como una roca. Eduardo había sido asesinado. Carlos Alberto me había robado durante meses. Carolina había orquestado todo desde las sombras.
Víctor ya estaba despierto, hablando en voz baja por teléfono en el balcón. A través de la ventana podía verlo gesticular mientras hablaba, con el rostro serio y concentrado. Cuando me vio despierta, terminó la llamada y entró al cuarto.
—Buenos días, mi amor —me dijo, besándome la frente—. ¿Cómo dormiste?
—Como pude —respondí honestamente—. ¿Con quién hablabas?
—Con mi abogado. Hoy empieza todo.
Víctor se sentó en la orilla de la cama y me tomó la mano.
—Paulina, en una hora vamos a estar en la oficina de Carlos Alberto. Quiero que estés preparada para lo que vas a ver.
—¿Qué vamos a hacer exactamente?
—Vamos a presentar evidencia del robo y vamos a darle una opción muy simple: devolver todo el dinero o enfrentar cargos criminales.
Sentí un nudo en el estómago.
—Víctor, es mi hijo.
—Es un ladrón —me corrigió con gentileza, pero con firmeza—. Y casi un asesino. El hecho de que sea tu hijo no cambia eso.