—No.
Sonrió.
—Pero a veces lo difícil también debe hacerse.
Adrián empezó a notar cambios.
Primero mi ausencia.
Después las cajas.
Luego cuentas separadas.
Una noche me llamó.
—¿Dónde estás?
—Con una amiga.
—¿Por qué no vuelves?
—No quiero.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Valeria.
—Estoy cansada.
—Llevas días diciendo eso.
—Porque llevo días cansada.
—¿Por tu padre?
Silencio.
—Sí.
—Encontré un nuevo donante.
Aquello me atravesó.
—Bien.
—Es compatible.
—Bien.
—Mañana iremos al hospital.
—No hace falta.
—¿Qué?
—No hace falta.
—Claro que hace falta.
Su tono cambió.
—Llevamos meses esperando.
—Adrián.
—¿Sí?
Estuve a punto.
Otra vez.
Pero no.
—Mañana estoy ocupada.
—¿Más importante que tu padre?
Cerré los ojos.
La crueldad involuntaria de esa frase fue casi perfecta.
—Sí.
Silencio.
—No te reconozco.
Sonreí.
—Yo tampoco.
Colgué.
Al día siguiente él fue al hospital.
Yo no estaba.
Mi padre tampoco.
La habitación vacía.
La cama preparada para otro paciente.
Una enfermera nueva no lo reconoció.
—¿Busca a alguien?
—El paciente de esta habitación.
—¿Nombre?
Él se lo dijo.
La enfermera revisó.
Su expresión cambió.
—Ah.
—¿Dónde está?
—Falleció.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Hace varios días.
—No.
—Sí.
—Eso no puede ser.
—Hubo una emergencia.
—Pero la operación…
La enfermera miró la ficha.
—La intervención prevista no pudo realizarse como estaba programada.
Adrián palideció.
—¿Su hija?
—Estuvo aquí.
—¿Cuándo?
—Toda la noche.
Otra enfermera, que sí me conocía, apareció.
Lo miró.
—¿Usted es el marido?
—Sí.
Su expresión se volvió extraña.
—Ella lo llamó muchísimas veces.
Adrián no respondió.
—Pensábamos que usted estaba gestionando a la donante.
Silencio.
—La señorita estaba desesperada.
—Después del fallecimiento tuvo que encargarse sola de casi todo.
Adrián se apoyó en la pared.
La enfermera dijo:
—¿No lo sabía?
No.
No sabía.
Porque durante tres días no había preguntado.
Porque estaba viajando con Celeste.
