Porque mi dolor era algo que daba por sentado que podía esperar.
Más tarde reconstruí lo que ocurrió por mensajes.
Adrián me llamó diecisiete veces.
No contesté.
Después:
«Valeria, contéstame.»
«Estoy en el hospital.»
«¿Tu padre murió?»
«¿POR QUÉ NO ME LO DIJISTE?»
Esa me hizo reír.
¿Por qué no se lo dije?
Como si la pregunta correcta no fuera:
¿Por qué no pregunté?
Después:
«Voy a casa.»
Yo no estaba.
«¿Dónde estás?»
«Tus cosas no están.»
«¿Qué está pasando?»
«No hagas esto.»
Y finalmente:
«Contéstame, por favor.»
No respondí.
Cuando volvió a la villa encontró el acuerdo.
No el original.
Una copia.
Sobre la mesa.
Con mi firma.
Adrián llamó a su madre.
La conversación fue violenta.
Yo no la escuché.
Pero mi suegra me llamó después.
—Mi hijo sabe.
—Bien.
—Está fuera de sí.
—No es mi problema.
—Dice que no acepta.
—Su firma también será necesaria.
—No quiere firmar.
—Entonces seguiremos el procedimiento.
Silencio.
—¿Qué le hiciste?
La pregunta me sorprendió.
—¿Perdón?
—Nunca lo había visto así.
Me reí.
—Quizá debería preguntarle qué me hizo él.
La mujer guardó silencio.
—Yo no sabía lo de tu padre.
—Lo sé.
—Si hubiera sabido…
—¿Qué?
—Nada.
Al menos fue honesta.
—Solo quiero decirte que el dinero sigue en pie.
—No estoy haciendo esto por dinero.
—Ya lo sé.
Eso me sorprendió.
—Entonces ¿por qué?
Ella respondió:
—Porque la primera vez que hablamos querías pelear.
—Ahora solo quieres irte.
Silencio.
—Es diferente.
Sí.
Era diferente.
Cuando todavía amas desesperadamente, discutes.
Cuando empiezas a terminar, organizas documentos.
Adrián apareció en el funeral tardío que hicimos para algunas personas.
No lo invité.
Llegó.
Traje negro.
Rostro demacrado.
Cuando me vio, se detuvo.
Yo estaba junto a la fotografía de mi padre.
Adrián se acercó lentamente.
—Valeria.
No respondí.
Miró la urna.
