Su mandíbula tembló.
—Lo siento.
—Gracias.
—Yo no sabía.
—Ya.
—Si hubiera sabido que estaba tan grave…
Lo miré.
—Lo sabías.
Se quedó inmóvil.
—Sabías que estaba esperando.
—Sabías que los médicos habían advertido sobre retrasos.
—Sabías la fecha.
—Yo pensé…
—Sí.
Lo interrumpí.
—Pensaste que un mes era soportable.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quería obligarla.
—No te estoy pidiendo que justificaras obligarla.
—Entonces…
—Te estoy preguntando por qué no me dijiste la verdad.
Silencio.
—¿Qué verdad?
—Que ya no estabas cuidando a Celeste por mi padre.
Su rostro cambió.
—Valeria…
—La amabas.
—No.
Demasiado rápido.
—No.
Repetí.
—¿Entonces qué?
—Me preocupaba por ella.
—Más que por mi padre.
—No.
—Más que por mí.
No respondió.
—Ese día yo te llamé cincuenta y dos veces.
Su cara perdió color.
—Cincuenta y dos.
Repetí.
—Y estabas con ella.
—Yo…
—No necesito explicación.
—Sí la necesitas.
Su voz se rompió.
—Porque no fue así.
—¿Cómo fue?
—Ella estaba aterrorizada.
—La vi.
—Pensé que podíamos encontrar otra persona.
—Lo dijiste.
—No creí que tu padre…
Se detuvo.
—Que muriera.
Terminé.
Cerró los ojos.
—Sí.
—Y ahí está el problema.
Mi voz permaneció tranquila.
—Siempre pensabas que habría después.
—Después pedirías perdón.
—Después encontrarías otro donante.
—Después volverías a casa.
—Después arreglaríamos el matrimonio.
Respiré.
—Pero algunas cosas no tienen después.
Adrián lloró.
Nunca lo había visto llorar así.
