Una parte de mí quiso tocarlo.
Años de amor no desaparecen porque alguien te traicione.
El cuerpo recuerda antes que la dignidad.
No lo hice.
—Firma el divorcio.
Levantó la cabeza.
—No.
—Adrián.
—No.
—Ya está terminado.
—Para ti.
—Sí.
—Entonces no está terminado para mí.
Casi sonreí.
—No necesitas estar de acuerdo para que yo deje de ser tu esposa emocionalmente.
—No hables así.
—¿Por qué?
—Porque…
No pudo continuar.
—¿Porque qué?
—Porque no puedo perderte también.
Aquella frase.
También.
Como si él fuera quien estaba perdiendo.
Mi padre.
Yo.
Celeste quizá.
Todo le ocurría a él.
—No me estás perdiendo hoy.
Lo miré.
—Me perdiste cuando yo estaba llamándote desde un hospital y tú estabas prometiéndole a otra mujer que siempre serías su apoyo.
Se quedó inmóvil.
Yo me fui.
Celeste intentó verme una semana después.
No acepté.
Escribió una carta.
No la leí al principio.
Después sí.
No porque quisiera perdonarla.
Porque quería cerrar.
“Señora Vidal:
Sé que no tengo derecho a pedirle nada.
He pensado todos los días en su padre.
Yo tenía miedo.
Eso es verdad.
Pero también es verdad que me gustaba que Adrián me cuidara.
Al principio sabía que él lo hacía por la donación.
Después empecé a notar que me miraba distinto.
Y no me alejé.
Me gustó.
Yo nunca había tenido a alguien así.
Sé que eso no justifica nada.
El día de la operación, yo ya había decidido no donar la noche anterior.
Pero no se lo dije.
Pensé que Adrián resolvería todo.
Pensé que él tenía dinero, contactos, médicos.
Pensé que una persona como él siempre podía arreglarlo.
Me equivoqué.
Lo siento.”
Guardé la carta.
No respondí.
La parte que más me dolió no era su atracción.
Era la frase:
Pensé que él siempre podía arreglarlo.
Todos habíamos pensado eso.
