Mi suegra aceptó rápidamente.
Probablemente habría aceptado más con tal de verme fuera.
Firmé.
No sentí triunfo.
Solo alivio.
Renunciar al trabajo fue más difícil.
Yo era editora senior.
Había construido una carrera que me gustaba.
Pero cada pasillo de aquella ciudad tenía una conexión con Adrián.
Y yo necesitaba distancia.
No huida.
Distancia.
Mi jefe me preguntó:
—¿Estás segura?
—Sí.
—Puedes tomar licencia.
—No quiero volver.
—¿A otra editorial?
—Quizá.
—¿Otra ciudad?
—Otro país.
Eso sí lo sorprendió.
—Valeria.
—¿Sí?
—No tomes decisiones demasiado grandes solo porque estás en duelo.
Me quedé quieta.
—Lo pensé.
—¿Cuánto?
—Tres días.
—Eso es poco.
—Llevo años queriendo aceptar una oferta en el extranjero.
Eso era verdad.
Dos años atrás me habían invitado a colaborar con una editorial en Londres.
No fui porque Adrián dijo:
—¿Qué sentido tiene separarnos seis meses?
Un año después hubo otra oportunidad.
Nueva York.
Tampoco.
Mi padre estaba enfermo.
Y luego Celeste.
Siempre había una razón.
Ahora no.
—Entonces ve —dijo mi jefe.
—¿Así de fácil?
