Un pequeño paquete de caramelos sin azúcar que todavía estaba en el cajón.
Me parecía que si entraba podía oírlo.
—Vuelve temprano.
—Come bien.
—No discutas con Adrián por mí.
La última frase me rompía.
Incluso enfermo, mi padre había intentado proteger mi matrimonio.
Cuando descubrió que Celeste era la donante compatible, tomó mi mano.
—No le debes nada a esa chica después de esto.
Yo respondí:
—Claro que sí.
—Nos está salvando.
Mi padre negó.
—Si lo hace, agradéceselo.
—Pero no conviertas tu vida en deuda.
No entendí entonces.
Ahora sí.
Durante meses, Adrián había usado la donación de Celeste como justificación para todo.
—Necesita un apartamento cerca del hospital.
—Es razonable.
—Necesita compañía.
—Está sola.
—No puedo dejarla nerviosa.
—Su estado afecta la operación.
Cada vez que yo mostraba incomodidad, él decía:
—¿No quieres que tu padre se cure?
Esa pregunta me destruía.
Y yo cedía.
Cena.
Viajes.
Regalos.
Tiempo.
Mensajes nocturnos.
Su mano sobre la espalda de ella.
Su paciencia.
Todo era “por mi padre”.
Qué perverso.
La enfermedad de mi padre había sido usada como permiso para construir una intimidad con otra mujer.
A la mañana siguiente recibí los documentos finales de mi suegra.
No confiaba en ella.
Ella tampoco en mí.
Esa era precisamente la razón por la que el acuerdo estaba sorprendentemente claro.
Dinero.
Propiedades.
Renuncias.
Confidencialidad.
Plazo.
Y la condición que ella había repetido:
Después de firmar, desaparece.
Casi me hizo gracia.
Durante años había deseado que su hijo me eligiera.
Ahora su madre pagaba para que yo desapareciera.
Leí todo con mi abogada.
No firmé a ciegas.
—Hay una cláusula que limita futuras reclamaciones patrimoniales —dijo.
—¿Es razonable?
—Depende de cuánto quieras pelear.
—No quiero.
—Valeria.
—¿Qué?
—No confundas querer salir con regalar derechos.
Me quedé callada.
Tenía razón.
Revisamos.
Negociamos dos cambios.
