Cuando ella quería una habitación privada, Adrián pagaba.
Cuando decía que cierta comida le sentaba mal, él buscaba otra.
Cuando tenía miedo de las pruebas, él iba.
Yo incluso le había comprado regalos.
Una vez le envié una bufanda.
Celeste me respondió:
«Gracias, señora Vidal. Haré todo lo posible por ayudar a su padre.»
Ahora sabía que mientras me escribía eso ya disfrutaba de la atención de mi marido.
—Celeste.
Ella me miró.
—Respira despacio.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—¿Y si se cae?
—No se caerá.
—¿Cómo sabes?
—No lo sé.
Me miró como si mi respuesta fuera inaceptable.
Antes yo habría mentido.
Habría dicho:
“Todo estará bien.”
Ya no quería prometer cosas que no podía controlar.
—Solo sabemos que estamos detenidas y que están trabajando.
Celeste se abrazó a sí misma.
—Adrián va a venir.
—Seguramente.
—Él se preocupa mucho por mí.
Sonreí ligeramente.
—Eso ya lo sé.
Ella me estudió.
Probablemente esperaba celos.
No los encontró.
Eso pareció irritarla más que cualquier insulto.
—¿De verdad no te importa?
—¿Qué cosa?
—Que él me quiera.
—No.
—Mientes.
—No.
—Si no te importara, no estarías tan fría.
La miré.
—Celeste, mi padre murió hace tres días.
Su cara perdió el color.
Silencio.
—¿Qué?
—Mi padre murió.
—No…
—Sí.
—Pero Adrián dijo…
—Adrián no lo sabe.
Celeste abrió la boca.
No salió sonido.
—El día de la operación —continué—, tú no apareciste.
Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—Yo…
—No necesito que te justifiques.
—Tenía miedo.
—Lo sé.
—Yo no quería que él muriera.
—También lo sé.
Su voz se quebró.
—Entonces ¿por qué me hablas así?
Pensé.
—Porque ya no puedo hacer nada con tu miedo.
Silencio.
—Mi padre murió.
—Eso es un hecho.
—Tuviste miedo.
—También es un hecho.
—Adrián eligió quedarse contigo.
