El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

Cuando las puertas se cerraron, sonrió.

—Señora Vidal, usted es demasiado generosa.

No respondí.

Ella se acercó.

—En realidad ya lo sabe, ¿verdad?

—¿Qué cosa?

—Adrián me ama.

Sus ojos brillaron.

—Él dice que usted es aburrida. Que estar con usted es como vivir con una pared.

Mi mano se cerró.

Celeste siguió sonriendo.

—Pero conmigo…

No terminó.

El ascensor dio una sacudida brutal.

Las luces parpadearon.

Y se apagaron.

En la oscuridad, Celeste gritó.

Yo no.

Porque en ese momento entendí algo.

Ya había perdido a mi padre.

Había perdido mi matrimonio.

Había perdido la vida que creía tener.

No quedaba nada que esa chica pudiera quitarme.

Y cuando las luces de emergencia se encendieron, la miré directamente a los ojos.

—Celeste.

—¿Qué?

—Cuando salgamos de aquí, quiero que recuerdes algo.

Su sonrisa desapareció.

—Adrián puede ser tuyo.

—Porque yo ya no lo quiero.

Parte 2
El ascensor permaneció inmóvil.

Solo funcionaba una débil luz roja de emergencia instalada cerca del techo.

Celeste respiraba demasiado rápido.

—¿Qué pasó?

No respondí inmediatamente.

Presioné el botón de emergencia.

Nada.

Otra vez.

Finalmente una voz distorsionada apareció por el intercomunicador.

—¿Hay alguien dentro?

—Dos personas —dije.

—Mantengan la calma. Hubo una falla eléctrica. Estamos revisándolo.

—¿Cuánto tardarán?

—No podemos confirmarlo todavía.

—Bien.

Celeste golpeó la puerta.

—¡Sáquennos de aquí!

—Señorita, por favor no golpee.

Ella respiraba cada vez peor.

—No puedo…

Se llevó una mano al pecho.

—No puedo respirar.

La observé.

Un año atrás probablemente habría corrido hacia ella.

Habría intentado tranquilizarla.

No por cariño.

Porque Adrián me había enseñado durante meses que Celeste era “especial”.

Frágil.

Que no debía recibir estrés.

Que su cuerpo necesitaba estar perfecto.

Que cualquier presión podía poner en peligro la donación.

Yo había aceptado cada capricho porque pensaba en mi padre.

 

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