Seattle, 9:30 a. m. La lluvia caía a cántaros sobre las ventanas del juzgado como un dolor silencioso que se negaba a mostrar.
Madeline Carter se ajustó el cinturón de seguridad bajo su barriga de ocho meses y miró fijamente el edificio de piedra gris, su expresión serena contrastaba fuertemente con la angustia que la embargaba.
—¿Estás segura de que quieres hacer todo esto sola, cariño? —preguntó su madre, Diane Carter, con dulzura, agarrando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto pálidos.
Madeline mantuvo la mirada fija al frente y respondió con serenidad: —Nunca he estado más segura de nada en toda mi vida, mamá.
Su voz no temblaba, pero algo había cambiado en sus ojos color avellana desde el día en que descubrió la verdad sobre su esposo; una mirada más aguda y fría que ya no anhelaba amor.
Su teléfono vibró y apareció un mensaje de su abogado, indicando que todo estaba listo según lo planeado y que simplemente debía confiar en el proceso.
Sonrió levemente al oír la palabra «confiar», porque después de todo lo que había pasado, la palabra le parecía casi extraña y con un toque de ironía.
«Dame cinco minutos», murmuró, cerrando los ojos y respirando hondo, dejando que los recuerdos afloraran sin perder la compostura.
Recordó los recibos de alquiler ocultos, las reuniones nocturnas que siempre parecían ensayadas y las llamadas que terminaban en cuanto entraba en la habitación.
Recordó aquel día de abril en que vio a Ashley Monroe salir del edificio, ajustándose la blusa y sonriendo como alguien que por fin había conseguido lo que quería.
Ashley había sido una conocida suya de la universidad, una mujer que siempre había admirado su vida. Demasiado cerca, y ahora esa admiración se había transformado en algo mucho más destructivo.
