El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

—Otro hecho.

Respiré.

—Ya no necesito decidir cuál de ustedes es peor.

Celeste empezó a llorar.

—No fue culpa mía.

—No dije que lo fuera.

—Pero me miras…

—¿Cómo?

No respondió.

—Si quieres saber si te odio, la respuesta es no.

Eso la sorprendió.

—No tengo energía suficiente.

Su rostro cambió.

Por primera vez pareció más joven.

Dieciocho.

No la mujer que se había burlado de mí.

Una chica asustada que había entrado demasiado pronto en una historia de adultos y poder.

Pero aquello no la absolvía de todo.

Ni a Adrián.

—Él dijo que encontraría otra persona —murmuró.

—Sí.

—Pensé que se podía retrasar.

—Los médicos también dijeron que cada retraso era un riesgo.

Celeste bajó la mirada.

—Yo no sabía que estaba tan grave.

—Tampoco quisiste saber.

La frase cayó dura.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué querías que hiciera?

—Nada ahora.

—¿Entonces?

—Solo deja de fingir que eres una víctima completa.

Silencio.

—Tenías miedo.

—Eso es real.

—También sabías que había un hombre esperando.

Sus lágrimas siguieron cayendo.

—Yo…

—No voy a pedirte que hubieras sacrificado tu cuerpo por obligación.

Su expresión cambió.

—¿Entonces?

—Voy a decirte que si ibas a decir que no, debiste hacerlo antes.

Se quedó inmóvil.

—No dos horas después de la hora programada.

—No después de que todo estuviera listo.

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