—¿Quién es?
El doctor Ortega se acercó.
Al verlo, palideció.
—No.
—¿Lo conoce?
—Sí.
—¿Quién es?
El doctor tardó unos segundos.
—El director financiero de la empresa.
Tomás tomó la fotografía.
—Murió hace ocho años.
—¿Cómo sabes?
—Porque su nombre aparece en los registros.
—¿Entonces cómo puede existir esta foto?
Nadie respondió.
Miré la fecha.
Era de dos días antes de la muerte de mi padre.
Sentí un frío profundo.
—Eso significa que mi padre se reunió con él.
—Sí.
—Y no me dijo nada.
El doctor negó.
—Probablemente intentaba protegerte.
Miré nuevamente la fotografía.
Había algo detrás de mi padre.
Un cartel.
Una dirección.
Un número.
Lo amplié.
—¿Qué es eso?
Tomás acercó la pantalla.
—Un almacén.
—¿Dónde?
—En las afueras.
—¿Sigue existiendo?
—No lo sé.
—Averígualo.
Tomás me miró.
—Valeria, esto puede ser peligroso.
—Mi padre murió hace diez años.
—Precisamente.
—Ya no tengo miedo de perderlo.
Tomás guardó silencio.
—Vamos.
El almacén seguía allí.
Abandonado.
El aire olía a humedad y metal oxidado.
Tomás abrió la puerta con una llave que había conseguido de los registros.
Dentro había cajas.
Muchas.
La mayoría cubiertas de polvo.
El doctor Ortega se quedó atrás.
—No quiero entrar.
—¿Por qué?
—Porque sé qué hay aquí.
—Entonces entra.
Me miró.
—No estoy preparado.
—Yo tampoco.
Entramos.
Después de veinte minutos encontramos una habitación cerrada.
Tomás forzó la cerradura.
Dentro había archivadores.
Uno tenía mi apellido.
VIDAL.
Abrí el primero.
Contratos.
Fotografías.
Informes.
Después encontré algo que me dejó sin palabras.
Mi certificado de matrimonio.
Una copia.
Con una anotación escrita a mano.
«Fase dos completada.»
Sentí que las piernas me fallaban.
Tomás me sostuvo.
—Valeria.
—No.
Lo aparté.
—No me toques.
Seguí revisando.
Había informes sobre mí.
Mi trabajo.
Mis horarios.
Mis hábitos.
Mis amigos.
Incluso fotografías tomadas antes de conocer a Adrián.
