El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

—Y poco antes de la operación, tu padre descubrió que Adrián había empezado a cuestionar a su padre.

—¿Qué significa eso?

—Que la relación entre ellos se había deteriorado.

—¿Por qué?

—Porque Adrián había comenzado a arrepentirse.

Solté una risa amarga.

—¿Arrepentirse de qué?

—De participar.

—¿Participar en qué?

El doctor me miró.

—En la manipulación de tu matrimonio.

Me quedé inmóvil.

Entonces todo adquirió una forma distinta.

Las cenas.

Las discusiones.

Los viajes.

Las ausencias.

Celeste.

La obsesión de Adrián con la donación.

Quizá no había sido solamente un hombre enamorado de otra mujer.

Quizá había sido un hombre atrapado entre una familia poderosa y una mujer a la que, al menos al principio, había aceptado utilizar.

Y entonces había ocurrido algo que nadie había previsto.

Se había enamorado de mí.

Pero eso no borraba lo que había hecho.

—Quiero hablar con Adrián.

Tomás negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no.

—No necesito que me protejas.

—No es por ti.

—¿Entonces?

—Adrián está desaparecido.

El silencio volvió.

—¿Qué?

—Desde ayer.

—¿Desaparecido cómo?

—No responde.

—¿Celeste?

Ella negó con la cabeza.

—Tampoco sé dónde está.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—Hace dos semanas.

—¿Y por qué viniste conmigo hoy?

Celeste miró al suelo.

—Porque recibí un mensaje.

—¿De quién?

Sacó su teléfono.

Me mostró la pantalla.

Había un número desconocido.

El mensaje decía:

«Si quieres saber qué ocurrió aquella noche, ve con Tomás. No confíes en Adrián.»

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo lo recibiste?

—Ayer.

—¿Quién crees que lo envió?

—No lo sé.

Tomás tomó el teléfono.

—El mensaje llegó desde un número desechable.

—¿Y cómo sabías que era real?

Celeste señaló otro mensaje.

Había una fotografía.

La fotografía mostraba a mi padre.

No en el hospital.

No en casa.

Sino en una cafetería.

Con un hombre.

Un hombre que no reconocía.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *