—Si me ocurre algo, Valeria no debe acercarse a la empresa.
La voz de mi padre.
—No quiero que Adrián la lleve allí.
Mi exsuegro respondió:
—Ya es demasiado tarde.
—¿Qué significa eso?
—Tu hija está casada con mi hijo.
—Eso no significa que sea parte de tu familia.
—Para la ley, sí.
Mi padre soltó una risa amarga.
—No.
—Para la ley, puede serlo.
—Pero para mi hija, tú nunca serás familia.
Hubo un silencio largo.
Entonces escuché algo que me hizo abrir los ojos.
La voz de Adrián.
—Padre.
Todos nos quedamos inmóviles.
Adrián estaba en aquella habitación.
Aquella noche.
No había sido una mentira.
Había estado allí.
—¿Qué estás haciendo?
Mi exsuegro respondió:
—Hablando con él.
—¿Por qué?
—Porque tu futuro depende de esto.
Adrián dijo:
—No quiero sus acciones.
Mi padre respiró.
—Buen chico.
Pero mi exsuegro soltó una carcajada.
—Todavía no entiendes.
—¿Qué?
—Si él muere, Valeria queda libre.
—No.
Adrián respondió rápidamente.
—Ella no tiene nada que ver.
—Todo lo que tenemos está relacionado con ella.
—No voy a permitir que la lastimes.
—Entonces haz lo que te digo.
Silencio.
—¿Qué quieres que haga?
La voz de Adrián sonó rota.
Mi exsuegro respondió:
—Haz que confíe en ti.
La grabación se detuvo.
Yo ya no podía respirar.
Tomás me observaba.
—¿Eso significa lo que creo?
El doctor respondió:
—No lo sabemos.
—Yo sí.
Me levanté.
—Mi matrimonio fue una estrategia.
Tomás negó.
—No necesariamente.
—Mi suegro le ordenó a Adrián que se ganara mi confianza.
—Eso sí.
—¿Y él aceptó?
—No sabemos hasta qué punto.
—Pero se casó conmigo.
—Sí.
—Y después…
Mi voz se quebró.
—Después mi padre enfermó.
Nadie respondió.
—Después apareció Celeste.
Tomás asintió lentamente.
—Y después ocurrió la operación.
El doctor añadió:
