—Me estaban siguiendo.
Tomás no respondió.
Encontré una carpeta con el nombre de Adrián.
Dentro había informes.
«Sujeto emocionalmente comprometido.»
«Presenta resistencia a continuar con el plan.»
«El vínculo con Valeria está interfiriendo.»
Mi mano temblaba.
Luego vi una fotografía.
Adrián y yo.
El día que nos conocimos.
Yo sonreía.
Él también.
Debajo:
«Contacto establecido.»
Me senté en el suelo.
Durante años había pensado que aquel día había sido el comienzo de mi historia de amor.
Ahora estaba escrito como una operación.
Una estrategia.
Una fase.
Mi vida.
Convertida en un expediente.
Entonces encontré otra carpeta.
Esta no tenía mi nombre.
Tenía una sola palabra.
CELESTE.
La abrí.
Había informes médicos.
Evaluaciones psicológicas.
Registros de donación.
Y una fotografía.
Celeste tenía diecisiete años.
Debajo había una frase:
«Donante ideal. Vulnerabilidad emocional alta.»
La miré.
—Dios mío.
Tomás cerró los ojos.
—Esto era mucho más grande de lo que pensábamos.
Pasé las páginas.
Había notas sobre Adrián.
«Debe mantener contacto constante.»
«La paciente desarrolla dependencia.»
«El vínculo facilita el control.»
Me quedé inmóvil.
—¿Control?
Tomás leyó el documento.
—Sí.
—¿Control de quién?
—De Celeste.
Entonces entendí.
Adrián no había sido simplemente su protector.
Había sido colocado allí.
O al menos al principio.
Pero había algo que no encajaba.
Encontré una hoja reciente.
Fecha de hacía seis años.
Escrita por alguien desconocido.
«Adrián ya no coopera.»
Otra.
«Se niega a continuar.»
Otra.
«Ha comenzado a proteger a Valeria.»
Y la última:
«Si no vuelve a obedecer, habrá que utilizar el procedimiento final.»
Sentí un escalofrío.
—¿Qué procedimiento?
Tomás tomó la hoja.
—No lo sé.
Entonces escuchamos un ruido.
Pasos.
Alguien estaba afuera.
Tomás apagó la luz.
Nos quedamos en silencio.
La puerta del almacén se abrió.
Una silueta entró.
Después otra.
Tomás me hizo una señal.
No respirar.
No moverse.
Escuchamos una voz.
