—No lo sé.
—Dime.
—Unos veinte minutos.
—¿Qué hizo?
—No lo sé.
—Celeste.
—No lo sé.
—¿Lo viste entrar?
—Sí.
—¿Lo viste salir?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Tenía miedo.
—¿De qué?
Ella levantó los ojos.
—De él.
Por primera vez, sentí algo diferente.
No rabia.
Miedo.
—¿Qué te hizo?
Celeste negó con la cabeza.
—Nada.
—Entonces ¿por qué le tienes miedo?
—Porque una vez lo escuché hablar con su padre.
Tomás cerró los ojos.
—Celeste.
—No.
Ella lo interrumpió.
—Ya no puedo seguir callando.
Se volvió hacia mí.
—Después de que tu padre murió, Adrián me dijo que nunca hablara de aquella noche.
—¿Qué escuchaste?
—A su padre.
—¿Qué dijo?
Celeste temblaba.
—Dijo que el paciente tenía que morir.
El mundo se quedó en silencio.
Ni siquiera escuché el tráfico de la calle.
—Repite eso.
—Dijo que tu padre tenía que morir.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Y Adrián?
—No dijo nada.
—¿Nada?
—Solo preguntó si todo estaba preparado.
Sentí náuseas.
—¿Preparado para qué?
Celeste negó con la cabeza.
—No lo sé.
Tomás puso ambas manos sobre la mesa.
—Por eso hemos venido.
—¿Quiénes somos “nosotros”?
—Yo.
—Y Celeste.
—Y otra persona.
—¿Quién?
Tomás miró hacia la puerta.
Antes de responder, alguien llamó.
Tres golpes.
Lentos.
Todos nos quedamos inmóviles.
Mi asistente abrió.
Un hombre mayor apareció.
Traje gris.
Cabello blanco.
Una carpeta bajo el brazo.
Tomás se levantó.
—Doctor.
El hombre me miró.
—Señora Vidal.
—¿Quién es usted?
—El doctor Samuel Ortega.
Ese nombre me resultaba vagamente familiar.
—¿Trabajó con mi padre?
—Sí.
—¿Por qué nunca lo conocí?
—Porque me retiré del hospital antes de que usted pudiera conocerme.
—¿Y por qué está aquí?
El doctor colocó la carpeta sobre mi escritorio.
—Porque durante diez años he vivido con miedo.
La abrió.
Dentro había fotografías.
Registros.
Correos.
