El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

El hombre que durante años había controlado hospitales privados, empresas, abogados y políticos.

Un hombre al que apenas veía.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Y Adrián?

—Era médico residente en ese hospital en aquel momento.

Lo miré fijamente.

—¿Qué?

Tomás asintió.

—No lo sabías.

—Nunca me dijo que trabajaba allí.

—Porque dejó el hospital poco después.

—¿Por qué?

Tomás no contestó.

—Tomás.

—Hubo un incidente.

—¿Qué incidente?

—Adrián tuvo acceso a la medicación de tu padre.

Mi cuerpo se quedó completamente quieto.

—¿Qué estás diciendo?

—Que él estuvo en el hospital aquella noche.

—No.

La palabra salió automáticamente.

—No.

—Valeria…

—Adrián no estaba allí.

—Sí estaba.

—Yo lo llamé.

—Lo sé.

—Estaba con Celeste.

—Después.

—No.

—Después de irse de donde estaba con Celeste, fue al hospital.

Me levanté tan rápido que la silla cayó al suelo.

—¿Por qué?

Tomás bajó la voz.

—Eso es lo que queremos saber.

Miré a Celeste.

—Tú.

Ella se sobresaltó.

—¿Qué?

—Tú sabías que Adrián fue al hospital aquella noche.

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque me llevó.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿A ti?

—Sí.

—¿Por qué?

Celeste comenzó a llorar.

—Porque después de cancelar la donación, me sentí culpable.

—¿Y?

—Adrián me llevó al hospital.

—¿A ver a mi padre?

Ella asintió.

—¿Entraste en su habitación?

—No.

—¿Adrián sí?

Silencio.

—Sí.

Cerré los ojos.

Diez años.

Diez años pensando que él había pasado aquella noche lejos.

No.

Había estado allí.

—¿Cuánto tiempo?

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