—Muy fácil.
Lo miré.
—Puedo amarte y saber que ya no confío en ti.
—Puedo recordar al hombre que fuiste y no querer vivir con el que eres.
—Puedo extrañarte y aun así irme.
Su voz bajó.
—Yo todavía te amo.
—Quizá.
—No digas “quizá”.
—¿Qué quieres que diga?
—Que lo sabes.
Pensé.
—Creo que amas la versión de mí que siempre estaba allí.
—No.
—La que esperaba.
—La que te perdonaba.
—La que organizaba mi vida alrededor de tus decisiones.
—Eso no es justo.
—Puede ser.
—Pero tampoco importa.
Adrián se pasó una mano por el rostro.
—Celeste fue un error.
—No.
—¿Qué?
—Un error es olvidar una fecha.
—Lo de Celeste fueron decisiones.
—Una tras otra.
—Valeria…
—No voy a ayudarte llamándolo accidente.
Silencio.
—¿Qué quieres que haga?
La pregunta llegó tarde.
—Firmar.
—Además de eso.
—Nada.
—Tiene que haber algo.
—No.
—¿Quieres que me arrodille?
—No.
—¿Que venda el apartamento?
—No.
—¿Que no vuelva a verla?
—No me importa.
Aquello lo destruyó más que cualquier exigencia.
—¿No te importa?
—No.
—¿Así de fácil?
—No fue fácil llegar hasta aquí.
Mi voz tembló.
—Me costó mi padre.
El silencio fue absoluto.
Adrián bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No.
Negué.
—Sabes el hecho.
—No sabes lo que fue sentarme junto a él después.
—Frío.
—Sin poder llorar.
—Pensando que si tú hubieras contestado una de cincuenta y dos llamadas quizá…
Me detuve.
Ese pensamiento me había torturado.
Quizá.
La palabra más cruel.
Quizá otra decisión.
Quizá otra hora.
Quizá otro donante.
Mi terapeuta me había repetido:
—No puedes convertir una posibilidad en certeza.
No sabía si mi padre habría sobrevivido incluso con la intervención puntual.
Los médicos tampoco podían prometerlo.
Era importante.
Porque si convertía a Adrián en “la única causa” de la muerte, nunca saldría.
