—No sé si mi padre habría vivido.
Adrián levantó los ojos.
—¿Qué?
—No lo sé.
—Los médicos tampoco.
Respiré.
—Pero sé que murió mientras yo estaba sola.
—Eso sí es real.
—Y sé dónde estabas tú.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
—Eso es lo que no puedo olvidar.
Firmó tres días antes de que terminara el período.
No porque quisiera.
Porque entendió que yo seguiría.
Después del trámite me envió:
«¿De verdad te vas?»
Respondí por primera vez en semanas.
«Sí.»
«¿Cuándo?»
No contesté.
El día del vuelo hice algo que llevaba semanas posponiendo.
Fui al cementerio.
La urna de mi padre estaba allí.
Me senté.
—Papá.
El viento movió las hojas.
—Me voy.
No podía responder.
Claro.
Pero hablarle seguía ayudando.
—Siempre dijiste que querías que viajara.
Sonreí llorando.
—Yo decía que no podía.
—Que el trabajo.
—Que Adrián.
—Que tú estabas enfermo.
Me limpié la cara.
—Ahora no sé si estoy huyendo.
—Quizá un poco.
—Pero también creo que necesito empezar en un lugar donde no todo tenga tu hospital o su coche pegado encima.
Silencio.
—Perdón.
Aquella palabra salía siempre.
Mi terapeuta odiaba eso.
—No.
Corregí.
—No perdón.
Respiré.
—Te quiero.
Eso era mejor.
—Y voy a intentar vivir.
Me levanté.
Toqué la piedra.
—Hasta luego, papá.
No adiós.
Hasta luego.
En el aeropuerto mi teléfono estaba lleno de llamadas.
Adrián.
Su madre.
Marta.
Mi exjefe.
Solo respondí a Marta.
—¿Ya estás ahí?
—Sí.
—¿Lloraste?
—No.
—Mentira.
—Un poco.
—¿Te arrepientes?
Miré la puerta de embarque.
—No.
—Entonces sube.
—Qué profunda.
—Cobro por hora.
Me reí.
—Gracias.
—Valeria.
—¿Sí?
—No desaparezcas de quienes sí te queremos.
Aquello me golpeó.
—No.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Colgué.
Fue entonces cuando llegaron los mensajes de Adrián.
El nuevo donante.
La operación.
Dónde estás.
Contesta.
Divorcio
Y después el pánico.
