Después de meses perdiendo la vista, llamé por accidente a un desconocido y le conté que mi marido quería administrar la herencia que mi padre me había dejado. “Hay algo extraño en tu medicina”, respondió antes de colgar. Cuando apareció en mi casa al día siguiente, conservé la calma y escondí el informe que traía; horas después vi por primera vez algo que mi esposo jamás imaginó que yo pudiera presenciar.

Sacó un pequeño frasco del bolsillo y dejó caer varias gotas.

Fernanda levantó la taza.

Entré golpeando el piso con mi bastón y fingi tropezar.

La taza cayó.

El líquido manchó una alfombra sintética y decoloró las fibras casi inmediatamente.

Fernanda se quedó mirando el suelo.

Después miré a Ofelia.

Por primera vez, las dos mujeres parecieron comprender que en aquella casa nadie podía confiar en nadie.

Esa noche escondí el teléfono que Daniel me había conseguido debajo del colchón.

Era nuestra única forma de comunicarnos.

Pero a la mañana siguiente escuché un grito desde mi recámara.

Mauricio había encontrado el celular.

Cuando bajé finciendo desorientación, lo vi parado frente a mí.

Ya no intentaba parecer amable.

—Se acabó el juego, Valeria.

En una mano tenía mi teléfono.

En la otra, el frasco original de las gotas.

Y por la forma en que me miraba entendí que estaba a punto de descubrir hasta dónde podía llegar un hombre cuando sentía que su fortuna se le escapaba de las manos.

PARTE 3

— ¿Desde cuándo tienes esto?

Mauricio agitó el teléfono frente a mi cara.

Yo mantuve los ojos desenfocados.

—¿Qué cosa?

Me abofeteó con sus palabras, no con la mano.

—No me tomes por idiota. Solo hay un número guardado. DanielMendoza.

Sentí un escalofrío.

Fernanda estaba detrás de él, pálida.

—Mauricio, cálmate.

—Tú cállate.

La voz con la que le habló hizo que incluso ella retrocediera.

Entonces comprendí algo importante: Fernanda podía haber sido su amante, pero también estaba atrapada.

—Daniel fue el químico que quiso hundir mi empresa —continuó Mauricio—. Qué casualidad que ahora sea el héroe de mi esposa.

Me acerqué lentamente al sillón.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes.

Se dispuso frente a mí.

—¿Cuánto ves?

Sin oposición.

Mauricio tomó una lámpara y la movió de un lado a otro.

Seguí mirando al frente.

Había practicado durante semanas.

—Sigues ciega —murmuró.

Casi sonreí.

Entonces escuchamos un golpe en la planta baja.

Ofelia salía del despacho de mi padre.

Fernanda fue la primera en verla.

—¡Ahí está otra vez!

Mauricio subió furioso y regresó arrastrando a su madre adoptiva del brazo.

Del bolso de Ofelia cayeron dos monedas antiguas pertenecientes a la colección de mi padre.

—¡Ladrona! —gritó Mauricio.

—Mira quién habla.

Ofelia se soltó.

—Yo te di una familia, estudios y un apellido.

—También robaste el trabajo de Daniel.

Se hizo un silencio.

Aquella frase confirmó todo.

Ofelia empalideció.

—Yo hice lo necesario para darte un futuro.

—Pues ya no te necesito.

Mauricio abrió la puerta.

—Fuera.

—No tengo dónde ir.

—Ese no es mi problema.

Ofelia lo miró con un odio que jamás olvidaré.

—Cuando esto se derrumbe, recuerda que tú empezaste.

Mauricio la dejó afuera con sus maletas.

Horas después descubrimos que se había llevado algo más: una copia de un supuesto poder notarial que creyó auténtico.

No lo era.

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