Después de meses perdiendo la vista, llamé por accidente a un desconocido y le conté que mi marido quería administrar la herencia que mi padre me había dejado. “Hay algo extraño en tu medicina”, respondió antes de colgar. Cuando apareció en mi casa al día siguiente, conservé la calma y escondí el informe que traía; horas después vi por primera vez algo que mi esposo jamás imaginó que yo pudiera presenciar.

Meses antes, cuando Mauricio comenzó a presionarme para firmar documentos, mi padre todavía vivía. Él desconfiaba profundamente de cualquier poder amplio y me había enseñado a guardar borradores deliberadamente inválidos entre los papeles importantes.

Ofelia cayó en la trampa.

Intentó utilizar aquel documento para negociar la propiedad con intermediarios dispuestos a comprarla por debajo de su valor.

Cuando un notario detectó que el poder carecía de firmas y sellos indispensables, los compradores la acusaron de intentar engañarlos.

Salió huyendo.

Mientras tanto, en casa, Mauricio se fue de fingir.

—Hoy mismo te vas a una clínica.

Lo dijo durante la comida.

—¿Qué?

—Ya hice los arreglos.

Fernanda dejó el tenedor.

—Mauricio, habíamos hablado de esperar.

Él la miró.

—Los planes cambiaron.

—Pero no puedes encerrarla porque sí.

—Sí puedo.

Ella bajó la voz.

—Valeria me salvó de tu madre.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Ahora resulta que son amigas?

Fernanda acarició su vientre.

-No. Pero no quiero participar en algo peor.

Fue entonces cuando Mauricio perdió el control.

Se levantó de la mesa y señaló hacia las escaleras.

—Todo esto debería ser mío desde hace años.

Yo me quedé inmóvil.

—La colección de tu padre sostuvo mis negocios cuando empezaron a fracasar. Vendí piezas poco a poco y nadie lo notó. ¿Sabes cuánto dinero he gastado manteniendo esta maldita casa mientras tú llorabas por tus flores?

Sentí que el aire desaparecía.

Había vendido obras de mi padre.

—¿Cuántas?

La pregunta salió de mi boca antes de poder detenerme.

Mauricio me miró.

—¿Qué dijiste?

Demasiado tarde.

Ya no tenía sentido fingir.

Levante la cabeza y lo mire directamente a los ojos.

—Pregunté cuántas obras robaste.

Su rostro cambió.

—Tú…

Me puse de pie sin buscar paredes ni muebles.

Caminé hacia él.

—Veo perfectamente.

Fernanda se tapó la boca.

Mauricio retrocedió.

-No.

—Casi perfectamente —corregí—. Cada día un poco mejor.

—Las gotas…

—Las cambiamos hace semanas.

Comprendió todo.

Daniel.

El teléfono.

Mis paseos por la casa.

Las conversaciones que yo había escuchado.

—¿Cuánto sabes?

—Suficiente.

Mauricio me agarró del brazo.

—Entonces también sabes que ya no puedo dejarte salir de aquí.

Fernanda intervino.

—Suéltala.

—No te metas.

—Está embarazada de tu hijo —le dije—. ¿También vas a destruirla cuando deje de servirte?

La pregunta lo enfureció.

Me empujó hacia el vestíbulo.

Yo intenté liberarme, pero era más fuerte.

Abrí la puerta que conducía al sótano.

—Ahí vas a esperar hasta que decida qué hacer contigo.

—Daniel sabe todo.

Fue un error decirlo.

Mauricio sonrió.

—Perfecto.

Me quitó el celular y le escribí un mensaje.

“Descubrió todo. Ven rápido.”

Después lo envió a Daniel.

Me encerró en el sótano.

No sé cuánto tiempo pasó.

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