Volví antes de tiempo de un viaje de negocios y encontré a mi exmujer dormida en mi cama, abrazando a una recién nacida con mis ojos. Ella había dado a luz sola mientras mi socia ocultaba sus mensajes; al enfrentarla, respondió: «Te protegí de una responsabilidad que no querías». Llamé a mi abogada y exigí una auditoría. Entonces descubrí mi firma en unas transferencias que jamás había autorizado.

Era la primera vez que veía a Adrián renunciar voluntariamente a cualquier comodidad por otra persona.

Sin embargo, el miedo seguía allí.

A las 3:20 de otra madrugada, Lucía comenzó a llorar mientras guardaba la ropa de Vega.

Adrián escuchó sus sollozos desde el pasillo.

—¿Qué ocurre?

—Que estoy empezando a acostumbrarme a esto —respondió ella—. A verte preparar sus cosas, a escuchar tus pasos por la noche, a desayunar contigo.

—¿Y eso es malo?

—Es terrible cuando no sabes cuánto durará.

Adrián permaneció callado.

Lucía se secó las lágrimas.

—No puedo volver a enamorarme de una vida que después vas a abandonar.

Por primera vez, él no respondió con una promesa grandiosa.

—Tengo miedo de hacerlo mal —admitió—. Mi padre siempre estaba trabajando. Nos compraba regalos para compensar cada ausencia. Juré que nunca sería como él, pero terminé haciendo exactamente lo mismo.

—Entonces deja de intentar ser perfecto. Aprende a quedarte cuando las cosas sean difíciles.

Aquella conversación lo llevó a llamar a su hermano Mateo, con quien apenas mantenía contacto desde hacía 2 años.

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