Lucía lo encontró en el despacho, rodeado de documentos.
—¿Vas a marcharte otra vez? —preguntó.
Adrián levantó la mirada.
—Tengo que responder por lo que haya sucedido en mi empresa. Pero esta vez no voy a desaparecer de tu vida sin explicaciones.
Lucía dejó a Vega descansando en su moisés.
—No quiero que abandones tus obligaciones por nosotras. Quiero que entiendas que nosotras también somos una obligación. Y, sobre todo, que somos personas a las que dices querer.
Aquellas palabras lo hicieron comprender algo que nunca había considerado: elegir a su familia no significaba huir de sus responsabilidades profesionales, sino aprender a cumplirlas sin abandonar a quienes lo necesitaban.
Durante los días siguientes, Adrián repartió su tiempo entre reuniones con abogados, declaraciones y el cuidado de Vega.
Aprendió a distinguir cuándo tenía hambre y cuándo simplemente necesitaba que la mecieran. Descubrió que una madrugada podía parecer interminable cuando una recién nacida tenía molestias y no conseguía dormirse.
Una noche, Lucía lo encontró sentado en el sofá con la pequeña sobre el pecho.
Tenía la camisa arrugada y los ojos agotados.
—Puedes dejarla en la cuna —susurró.
—Lleva 20 minutos dormida. Me da pena moverla.
Lucía sonrió involuntariamente.
