PARTE 2
Yo estaba sentada junto a la ventanilla, con el cinturón abrochado y una mano sobre el vientre, cuando el avión se detuvo en plena pista. Primero pensé que era una demora normal. Luego la voz del capitán sonó por los altavoces, tensa y confundida: «Damas y caballeros, la torre de control nos ha ordenado regresar a la puerta de embarque. Les pedimos mantener la calma». Los pasajeros empezaron a murmurar. Yo sentí un frío conocido recorrerme la espalda, porque sólo había un hombre en Chicago capaz de detener un avión con una llamada.
Diez minutos después, la puerta de la cabina se abrió y entró Vincent. Venía sin saco, con la camisa arrugada y el cabello revuelto por el viento, y el sudor le corría por las sienes como si hubiera cruzado el aeropuerto entero a toda velocidad. Los pasajeros lo miraron con asombro. Él recorrió los asientos con los ojos desesperados hasta encontrarme, y se quedó inmóvil en el pasillo, con el pecho subiendo y bajando. «Claire», dijo con una voz que jamás le había escuchado, rota y pequeña. «Por favor, baja conmigo».
X
—No tienes derecho a detener un avión por mí —respondí, sin levantar la
