Volví antes de tiempo de un viaje de negocios y encontré a mi exmujer dormida en mi cama, abrazando a una recién nacida con mis ojos. Ella había dado a luz sola mientras mi socia ocultaba sus mensajes; al enfrentarla, respondió: «Te protegí de una responsabilidad que no querías». Llamé a mi abogada y exigí una auditoría. Entonces descubrí mi firma en unas transferencias que jamás había autorizado.

Mateo vivía en Zaragoza, tenía una familia y dirigía una pequeña asesoría empresarial.

Escuchó toda la historia sin interrumpir.

—Siempre has pensado que querer a alguien significa garantizarle una vida sin problemas —le dijo finalmente—. Pero tu hija no necesita que controles el mundo. Necesita saber que mañana también vas a estar ahí.

Adrián guardó aquellas palabras.

Y comenzó a demostrarlo.

Reconoció legalmente a Vega, acordó con Lucía una contribución estable para sus necesidades y aceptó que cualquier reconciliación debía construirse sin utilizar el dinero como argumento.

También empezó a colaborar realmente en su cuidado, incluso cuando debía levantarse temprano para acudir al despacho de sus abogados.

Mientras tanto, Clara convirtió la investigación empresarial en una batalla por el control del grupo.

Filtró a varios medios que Adrián había perdido el interés por la compañía debido a problemas personales. Después propuso al consejo limitar temporalmente sus funciones ejecutivas.

La noticia llegó a Lucía mientras alimentaba a Vega.

—Dicen que tu empresa está perdiendo millones —comentó preocupada.

—Es verdad.

—¿Y no estás enfadado conmigo?

Adrián la miró sorprendido.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque desde que aparecimos en tu vida todo se ha complicado.

Él se sentó frente a ella.

—Mi empresa ya tenía problemas antes de que yo conociera a nuestra hija. Lo que ocurre es que ahora he dejado de fingir que el trabajo justifica cualquier cosa.

Lucía bajó la cabeza.

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