Volví antes de tiempo de un viaje de negocios y encontré a mi exmujer dormida en mi cama, abrazando a una recién nacida con mis ojos. Ella había dado a luz sola mientras mi socia ocultaba sus mensajes; al enfrentarla, respondió: «Te protegí de una responsabilidad que no querías». Llamé a mi abogada y exigí una auditoría. Entonces descubrí mi firma en unas transferencias que jamás había autorizado.

—No quiero convertirme en la razón por la que pierdas todo.

—Tú no has provocado las decisiones de Clara. Ni las mías.

La investigación avanzó durante meses.

Los especialistas encontraron pagos injustificados a una consultora vinculada indirectamente con Clara. También descubrieron que determinados archivos habían sido modificados desde un equipo bajo su control.

El certificado digital de Adrián se había utilizado sin su autorización, aprovechando una copia a la que Clara había conseguido acceder.

Los registros de viaje, los correos originales y las declaraciones de varios empleados ayudaron a reconstruir lo ocurrido.

Pero la verdad no llegó a tiempo para salvar el grupo.

Los inversores retiraron su respaldo, una adquisición quedó suspendida y varios acreedores reclamaron garantías. Adrián tuvo que vender parte de sus participaciones y, finalmente, el ático de Barcelona para afrontar obligaciones económicas y gastos legales.

Cuando comunicó la decisión a Lucía, ella permaneció en silencio.

—Sé que esa casa significaba mucho para ti —dijo después.

Adrián contempló las enormes ventanas del salón.

—Antes pensaba que representaba todo lo que había conseguido.

—¿Y ahora?

Él señaló una manta de Vega que descansaba sobre el sofá.

—Ahora lo único que me preocupa es no olvidarme de recoger eso cuando nos mudemos.

Lucía soltó una risa inesperada.

Poco después alquilaron un piso más sencillo en Sant Andreu, con 3 habitaciones, una cocina luminosa y un pequeño balcón.

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