No se mudaron porque el dinero hubiera desaparecido completamente, sino porque necesitaban una vida que no estuviera organizada alrededor de la antigua fortuna de Adrián.
Lucía dejó claro que compartir vivienda no significaba que hubieran vuelto a ser pareja.
Él aceptó aquella condición.
Durante semanas ocuparon dormitorios separados. Aprendieron a discutir sin desaparecer, a organizar los gastos y a hablar sobre sus respectivos trabajos.
Adrián volvió a interesarse por los proyectos de diseño gráfico de Lucía, algo que había dejado de hacer durante su matrimonio.
Ella comenzó a notar cambios que no dependían de regalos ni declaraciones románticas.
Cuando Vega tenía una revisión pediátrica, él acudía. Cuando una reunión terminaba tarde, avisaba. Cuando cometía un error, lo reconocía.
Un viernes, Lucía encontró sobre la mesa una pequeña libreta.
Era un registro de las tomas, las horas de descanso y las indicaciones de la pediatra, escrito por Adrián.
En la última página había una frase:
«No olvidar comprarle a Lucía sus tostadas favoritas. Hoy tampoco ha tenido tiempo de desayunar».
Lucía cerró la libreta con los ojos húmedos.
Aquella atención sencilla significaba más que las joyas que él solía regalarle.
Transcurridos 5 meses, la investigación confirmó que Clara había intervenido en las operaciones irregulares y ocultado información relevante al consejo.
Los procedimientos contra ella continuaron, mientras Adrián quedó exonerado de responsabilidad penal por las operaciones investigadas.
Aun así, recuperar su reputación empresarial resultó imposible de inmediato. La antigua compañía se reorganizó bajo otros propietarios.
Adrián había perdido gran parte de su patrimonio y el control del negocio al que había dedicado 15 años.
La mañana en que firmó la venta de sus últimas participaciones importantes, regresó a casa mucho antes de lo esperado.
