Encontró a Lucía sentada en la alfombra, ayudando a Vega a alcanzar un juguete.
—Ya está —dijo.
Lucía entendió inmediatamente.
—¿Cómo te encuentras?
Él se sentó junto a ellas.
—Triste. Y bastante asustado.
Lucía le tomó la mano.
—No tienes que fingir que perder tu empresa no te duele.
Adrián asintió.
—Pero tampoco quiero perder lo que he aprendido mientras todo se venía abajo.
Vega agarró su dedo y comenzó a moverlo.
Adrián sonrió.
Aquella tarde llamó a Mateo y aceptó colaborar con su asesoría, ayudando a pequeños negocios familiares a organizar sus finanzas.
El sueldo era incomparable con sus antiguos ingresos, pero le permitía trabajar con horarios razonables y participar diariamente en la vida de su hija.
Lucía, por su parte, siguió con sus clientes de diseño y comenzó a prepararse para estudiar Educación Infantil, una vocación que había aplazado durante años.
La relación entre ambos se reconstruyó lentamente.
