Varias personas voltearon hacia Mariana.
Arturo continuó:
—Durante días tuve la tentación de contar esta historia como si hubiera recuperado a una familia perdida. Sería mentira. Yo no recuperé a mi hijo. A Diego ya no puedo pedirle perdón. Lo único que puedo hacer es dejar de negar lo que fue.
Se volvió hacia las pinturas.
—Este hombre fue Diego Serrano. Ella es Mariana, su esposa. Y esa niña es Sofía, su hija y mi nieta.
Entonces alguien aplaudió lentamente desde la entrada.
Carlos.
—Qué conmovedor, tío.
Varias cámaras se giraron hacia él.
—Solo faltó mencionar lo rápido que la empleada doméstica terminó convertida en heredera.
Mariana sintió que Sofía le apretaba la mano.
Arturo no gritó.
—Vete, Carlos.
—¿Por decir la verdad?
Mauricio avanzó.
—Tenga cuidado con lo que llama verdad. Existen documentos del Registro Civil, prueba de parentesco, grabaciones de amenazas y una investigación relacionada con el intento de dañar estas obras.
La sonrisa de Carlos desapareció.
—¿Me estás acusando?
—No —respondió Arturo—. Por primera vez en mi vida no voy a usar mi apellido para decidir quién es culpable. De eso se encargará la autoridad. Pero sí puedo decidir algo: no vuelves a representar mis empresas, no vuelves a entrar a mi casa y no vuelves a acercarte a Mariana ni a Sofía.
Carlos miró alrededor.
Había demasiados testigos.
Demasiadas cámaras.
—Te manipuló —escupió señalando a Mariana—. Llegó sin nada y terminará quedándose con todo.
Mariana finalmente respondió.
—Llegué sin dinero, no sin dignidad. Y lo único que traje conmigo era precisamente lo que ustedes habían perdido: la memoria de Diego.
Carlos abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Seguridad lo acompañó hacia la salida.
Semanas después, la investigación confirmó contactos entre él y el hombre detenido en la galería. La familia dejó el asunto en manos de abogados y autoridades. Arturo se negó a utilizar influencias para protegerlo.
—Si alguna vez lo hice con otros —dijo—, ya fue demasiado.
También cambió su testamento.
Pero Mariana estableció condiciones.
Nada de dinero entregado a escondidas. Nada de comprar afecto. Sofía mantendría el apellido Serrano. Las pinturas seguirían perteneciendo a ella y a su madre.
Arturo creó un fideicomiso educativo para su nieta y reconoció formalmente los derechos que correspondían a la familia de Diego.
