Mariana no se mudó de inmediato a la mansión.
Prefirió rentar un departamento cercano.
—Sofía necesita un abuelo —explicó—. No un dueño.
Arturo aceptó.
Meses después, la exposición se convirtió en permanente.
Mariana comenzó a trabajar en el espacio cultural, primero coordinando el archivo de Diego y después apoyando a jóvenes pintores que no tenían contactos ni dinero para conseguir una galería.
Una tarde Arturo la encontró frente al retrato de su hijo.
—He cambiado contratos, testamento, cuentas y propiedades —dijo—. Pero hay algo que no puedo arreglar con documentos.
—¿Qué?
—La responsabilidad.
Mariana guardó silencio.
—¿Y qué piensa hacer con ella?
Arturo miró a Sofía, que dibujaba sentada en el suelo.
—Vivir de manera que ella nunca tenga que preguntarse dónde estaba su abuelo cuando lo necesitaba.
Mariana respiró hondo.
—Diego habría querido escuchar eso.
—Lo sé.
—Pero llegó tarde para él.
—También lo sé.
Sofía se acercó corriendo.
—Abuelo.
Arturo todavía se estremecía cada vez que escuchaba aquella palabra.
—¿Qué pasó, chaparrita?
La niña señaló el espacio dedicado a Diego.
Junto a una vieja brocha de su padre había una pequeña repisa vacía.
Sofía colocó allí un lápiz nuevo.
—Para que papá tenga con qué seguir dibujando.
Arturo se agachó.
—¿Tú crees que puede ver todo esto?
Sofía observó las pinturas, a su madre y después a su abuelo.
—Sí. Pero creo que ya no está enojado.
