—¿Por qué?
La niña respondió con una sencillez que hizo llorar a Mariana:
—Porque ya nadie lo está escondiendo.
Y fue entonces cuando Mariana entendió que un final feliz no significa borrar lo ocurrido.
Diego seguía muerto.
Arturo seguiría cargando con años que nunca podría recuperar.
Sofía crecería sabiendo que su padre había sido rechazado por la misma familia que después quiso abrazarla.
Pero la verdad había dejado de estar encerrada en un sótano.
La obra de Diego estaba en la luz.
Su hija podía pronunciar su nombre con orgullo.
Y un hombre que había confundido durante años el amor con obediencia aprendió, demasiado tarde para su hijo pero todavía a tiempo para su nieta, que la familia no se conserva obligando a alguien a quedarse.
