Entonces surgió Thunder Strike.
Ezra ya había visto toros antes. Había crecido rodeado de ganado, presenciado subastas, visitado criaderos y ayudado a sus vecinos con animales que pesaban más que pequeños tractores. Pero la criatura que bajaba de aquel remolque parecía menos un animal de granja y más una tormenta hecha carne.
Era enorme, casi mil ochocientos kilos de puro músculo y hueso, con la joroba alta de un Brahman y un pelaje gris que brillaba con destellos plateados bajo la tenue luz de la mañana. Su cabeza era ancha, sus cuernos se curvaban con una silenciosa amenaza, y cada paso que daba hacía temblar la grava bajo sus pies. Sin embargo, no fue su tamaño lo que hizo que Ezra retrocediera lentamente un paso.
Fueron sus ojos.
Eran oscuros, vigilantes y dolorosamente inteligentes. No salvajes. No vacíos. No malvados. En ellos se reflejaba algo que Ezra había visto antes en los animales que Martha solía traer a casa de lugares peligrosos: cansancio, cautela y una tristeza demasiado profunda para un animal que no podía hablar.
—Vaya toro más grande —murmuró Ezra.
Clint soltó una risa sin humor mientras guiaba a Thunder Strike hacia un corral provisional junto al granero. «Bueno, ahora es tuyo. Los papeles están en este sobre. Certificado de salud, registro, notas de transferencia. Buena suerte con él».
—Espera —dijo Ezra—. Ya te dije que no es mío.
Pero Clint ya se estaba retractando. «Hablen con quien pagó el transporte. Tengo un comprobante de entrega firmado y la dirección coincide. Se acabó».
Diez minutos después, el camión se marchó, desapareciendo por el mismo camino de grava por el que había venido, dejando a Ezra solo con un toro que valía más que todo lo que poseía y un sobre de papel manila lleno de problemas.
