—Nos dejaste durmiendo en la calle.
—Lo sé.
—Nos hiciste creer que habíamos fallado como padres.
Octavio lloró.
—No fallaron ustedes. Fallé yo.
El silencio fue largo. Marina pensó que quizá Remedios correría a abrazarlo, pero la anciana no se movió. Había amor en sus ojos, sí, pero también una dignidad nueva.
—No podemos volver a ser lo que éramos —dijo ella.
—No lo pido.
Jacinto respiró hondo.
—Si quieres reparar algo, empieza por decir la verdad ante un juez sobre lo que hiciste. Después veremos si queda un camino.
Octavio asintió.
—Lo haré.
No hubo abrazo inmediato. No hubo milagro fácil. Pero hubo una puerta pequeña abierta, y para todos fue suficiente.
Meses después, el rancho Los Sauces ya no parecía un lugar a punto de perderse. Las cercas estaban reparadas, el granero pintado de blanco, Milagros pastaba tranquila y la cocina olía siempre a guayaba, cajeta y café.