Marina salió con cautela. Jacinto se quedó detrás de ella. Remedios apareció en la puerta con el delantal puesto.
Del vehículo bajó un hombre de unos 40 años, delgado, ojeroso, con el rostro vencido por algo más pesado que el cansancio.
Jacinto dejó de respirar.
—Octavio.
Remedios soltó un sonido pequeño, casi un lamento.
El hijo que los había despojado estaba frente a ellos.
—No vengo a pedir nada —dijo Octavio, levantando las manos—. Supe lo que pasó por las noticias del pueblo. Supe que estaban vivos, que estaban aquí. Yo… no espero perdón.
Remedios temblaba.
—¿Por qué viniste?
Octavio tragó saliva.
—Porque vendí su casa, perdí el dinero y después no pude mirarlos. Me convencí de que si desaparecía, mi vergüenza también desaparecía. Pero no desapareció. Me siguió todos los días.
Jacinto lo miró con el dolor intacto.