PARTE 2

Después otro.

Y, finalmente, se lanzó a sus brazos.

El hombre la abrazó con todas sus fuerzas, aunque apenas podía rodear con sus brazos el enorme cuerpo de su hija.

—¡Pensé que estabas muerto! —gritó Benedita entre lágrimas—. ¡Durante años creí que nunca volvería a verte!

Antônio cerró los ojos.

—Yo también pensé que te había perdido para siempre.

Joaquim observaba la escena desde unos metros de distancia. Nunca había visto a Benedita llorar de aquella manera. Aquella mujer que parecía capaz de enfrentarse a cualquier dificultad estaba temblando como una niña.

Pero la alegría del reencuentro duró poco.

Antônio se separó lentamente de su hija y miró hacia la casa principal.

—Tenemos que hablar. No hay mucho tiempo.

Joaquim se acercó.

—¿Qué está ocurriendo?

El anciano miró a Manuel Ferreira, que permanecía cerca de los establos.

Al reconocerlo, su expresión cambió por completo.

—Ese hombre no debe acercarse a mi hija.

Manuel retrocedió un paso.

—¡No sé de qué está hablando este viejo!

Antônio apretó los puños.

—Tú sabes perfectamente quién soy.

Joaquim llevó a Antônio y a Benedita a su despacho. Cerró la puerta y les pidió que se sentaran.

El anciano estaba agotado. Tenía las manos temblorosas y respiraba con dificultad, pero parecía decidido a contar toda la verdad.

—Hace dieciocho años —comenzó—, yo trabajaba en estas tierras. Mi esposa Rosa y yo vivíamos con nuestra hija. Éramos pobres, pero teníamos algo que nadie podía quitarnos: nuestra familia.

Benedita escuchaba sin apartar los ojos de él.

—Yo había aprendido a construir canales de riego y conocía cada rincón de estas tierras. Un día, mientras excavábamos cerca de una colina, descubrí una antigua estructura de piedra. Debajo había una pequeña cámara subterránea.

Joaquim se inclinó hacia delante.

—¿Qué había dentro?

Antônio respiró profundamente.

—Documentos antiguos, mapas y una caja de hierro. Mi abuelo me había hablado de aquel lugar. Decía que pertenecía a nuestra familia y que contenía pruebas de que aquellas tierras habían sido robadas décadas atrás.

Benedita abrió mucho los ojos.

—¿Por eso nos separaron?

—Exactamente.

Antônio explicó que Manuel Ferreira trabajaba entonces para los antiguos propietarios de la hacienda. Cuando descubrió que Antônio había encontrado los documentos, comenzó a amenazarlo.

Primero intentó comprar su silencio.

Después lo acusó falsamente de robar herramientas y dinero.

Finalmente, una noche, varios hombres llegaron a su vivienda.

Golpearon a Antônio, destruyeron sus pertenencias y se llevaron a Rosa y a la pequeña Benedita.

A él lo enviaron a otra propiedad, a cientos de kilómetros de distancia.

—Me dijeron que tu madre había muerto y que tú habías sido vendida a otra región —continuó—. Durante años intenté escapar, pero cada vez que lo conseguía me capturaban de nuevo.

Benedita comenzó a llorar.

—¿Y mamá? ¿Qué le ocurrió?

Antônio bajó la cabeza.

—No lo sé, hija. Esa es la razón por la que he regresado. Hace apenas unos meses escuché que una mujer llamada Benedita había sido vendida en una subasta en Vassouras. Cuando me describieron a una mujer muy alta, de ojos oscuros, supe que podía tratarse de ti.

Se detuvo para recuperar el aliento.

—Y entonces descubrí algo todavía peor. Manuel está buscando los documentos originales porque sabe que contienen pruebas de todo lo que hizo.

Joaquim se levantó y caminó hasta la ventana.

Ahora comprendía que la llegada de Benedita no había sido una casualidad.

Manuel había intentado deshacerse de ella en las anteriores haciendas porque temía que algún día descubriera la verdad sobre su familia.

Pero había una pregunta que seguía sin respuesta.

—¿Dónde están esos documentos? —preguntó Joaquim.

Antônio miró a su hija.

—Tu madre escondió una parte de ellos antes de que nos separaran. Me dijo que solo tú podrías encontrar el lugar donde los guardó.

Benedita frunció el ceño.

—Yo era una niña. No recuerdo nada.

—Recuerdas más de lo que crees. Cuando eras pequeña, tu madre solía cantarte una canción mientras te llevaba al río. En aquella canción había una frase que repetía siempre: «Donde duerme el agua, la verdad espera».

Benedita cerró los ojos.

De repente, un recuerdo apareció en su mente.

Una pequeña casa de madera.

Su madre sentada junto a una ventana.

El sonido del agua.

Y una canción que llevaba años sin escuchar.

Abrió los ojos bruscamente.

—¡El viejo molino!

Antônio sonrió entre lágrimas.

—Sí, hija. El molino abandonado junto al río.

Joaquim tomó su abrigo.

—Entonces iremos allí mañana al amanecer.

Pero Antônio negó con la cabeza.

—No podemos esperar hasta mañana. Manuel sabe que he llegado. Si descubre que recordamos el lugar, destruirá todo.

Mientras tanto, al otro lado de la hacienda, Manuel Ferreira estaba encerrado en una pequeña habitación con dos hombres.

Sobre la mesa había una botella de aguardiente y una lámpara de aceite.

—Ese anciano debía estar muerto —dijo Manuel golpeando la mesa.

Uno de los hombres respondió:

—¿Qué hacemos ahora?

Manuel se levantó y comenzó a caminar nerviosamente.

—Primero tenemos que encontrar los documentos. Después nos ocuparemos de Benedita y de su padre.

—¿Y el propietario?

Manuel sonrió fríamente.

—Joaquim es un hombre endeudado. Si pierde la hacienda, no tendrá dinero ni influencia para detenernos.

Sacó un papel del bolsillo.

Era un documento bancario con varias cantidades escritas a mano.

—Tengo pruebas de que la hacienda está al borde de la quiebra. Si consigo que el banco reclame las tierras, todo pasará a mis manos.

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

—¿Y si Benedita encuentra los documentos antes que nosotros?

Manuel se acercó a ellos.

—Entonces no saldrá viva de ese molino.

Aquella misma noche, Benedita no pudo dormir.

Se sentó junto a la pequeña ventana de su habitación y observó la luna.

Por primera vez en muchos años sabía que su padre estaba vivo. Pero también sabía que su madre podía seguir desaparecida.

Joaquim apareció en la puerta.

—¿Puedo pasar?

Ella asintió.

El hombre se sentó frente a ella.

—Quiero que sepas algo. No permitiré que Manuel vuelva a hacerte daño.

Benedita lo miró.

—¿Por qué está haciendo todo esto por mí? Usted podría entregarme a otra persona y olvidarse de mis problemas.

Joaquim guardó silencio unos segundos.

—Porque hace mucho tiempo cometí un error. Durante años pensé que dirigir una hacienda significaba conseguir beneficios y mantener a los trabajadores obedeciendo. Nunca me detuve a pensar en las vidas que había detrás de cada persona.

Bajó la mirada.

—Cuando te vi en aquella subasta, reconocí en tus ojos algo que había visto en los míos después de perder a mi esposa. Una tristeza que nadie debería soportar en soledad.

Benedita permaneció en silencio.

Joaquim continuó:

—No puedo devolverte los años que te robaron. Pero puedo ayudarte a recuperar tu libertad y descubrir la verdad.

Ella comenzó a llorar nuevamente.

—Gracias.

Joaquim se levantó y se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, dijo:

—Mañana iremos al molino. Y pase lo que pase, no volverás a estar sola.

Al amanecer, los tres salieron discretamente de la hacienda.

El viejo molino estaba situado junto a un río, rodeado de árboles y cubierto por una espesa vegetación.

Antônio caminaba lentamente, apoyándose en un bastón. Benedita avanzaba delante de él, intentando reconocer los lugares que aparecían en sus recuerdos.

Cuando llegaron a una pequeña construcción de piedra, se detuvo.

—Era aquí —susurró.

Entraron.

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