Manuel palideció durante un instante, pero recuperó rápidamente la compostura.
—¡Eso no demuestra nada!
Benedita no respondió.
Sin embargo, había reconocido algo en aquellas huellas.
Las botas grandes pertenecían al propio Manuel.
Aquella noche, Joaquim decidió revisar los registros antiguos de la hacienda.
Benedita lo acompañó.
Mientras buscaban información sobre las antiguas propiedades, ella encontró un cuaderno de cuero escondido detrás de una caja.
Lo abrió con cuidado.
En las primeras páginas aparecían nombres, fechas y cantidades de dinero.
Pero unas líneas escritas casi al final hicieron que se le helara la sangre.
Allí estaba el nombre de su padre: Antônio.
Y debajo aparecía el nombre de su madre: Rosa.
Benedita comenzó a temblar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Joaquim.
Ella señaló una anotación.
—Aquí dice que mi padre trabajó en esta hacienda antes de que lo vendieran.
Joaquim tomó el cuaderno.
Continuó leyendo y encontró una segunda anotación:
«La familia de Antônio deberá permanecer separada. La hija posee conocimientos sobre los canales y las tierras. No debe permitirse que aprenda a leer los documentos de propiedad».
Joaquim levantó lentamente la mirada.
—¿Tu padre te habló alguna vez de esta hacienda?
Benedita tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Me dijo que, cuando yo era pequeña, había un lugar donde el agua corría por debajo de la tierra. Me contó que nuestra familia había construido aquellos canales. Antes de que nos separaran, prometió que algún día volveríamos a encontrarnos.
Se llevó una mano a la boca.
—Yo creía que había muerto.
Joaquim pasó varias páginas y encontró un documento todavía más antiguo.
Era una escritura de propiedad.
En ella aparecía una pequeña parcela de tierra que había pertenecido a la familia de Antônio. Según el documento, aquella parcela nunca había sido transferida legalmente a los propietarios de la hacienda.
Alguien había falsificado los registros posteriores para apropiarse de ella.
Pero había algo todavía más sorprendente.
La firma que autorizaba aquella transferencia pertenecía a un hombre llamado Manuel Ferreira.
Joaquim sintió un escalofrío.
El capataz no solo había estado ocultando información.
Había participado en un fraude que podía costarle la hacienda entera.
Al día siguiente, Joaquim convocó a Manuel en su despacho.
Sobre la mesa colocó el antiguo documento.
—¿Reconoces esta firma? —preguntó.
Manuel miró el papel y perdió el color del rostro.
—No sé de qué está hablando.
—Tu nombre aparece aquí. También aparece el nombre del padre de Benedita.
Manuel intentó mantener la calma.
—Esos documentos son antiguos. No significan nada.
Joaquim se levantó.
—Entonces explícame por qué falsificaste una transferencia de tierras.
Manuel guardó silencio.
Después miró hacia la puerta y dijo algo que dejó a Joaquim completamente desconcertado:
—Usted no sabe quién es realmente esa mujer.
Joaquim frunció el ceño.
—Sé lo suficiente para saber que merece ser tratada con dignidad.
Manuel soltó una risa nerviosa.
—Su padre no era simplemente un trabajador. Antes de que lo separaran de su familia, descubrió algo que podía arruinar a los hombres más poderosos de esta región.
—¿Qué descubrió?
Manuel se acercó a la mesa y bajó la voz.
—Un depósito de oro escondido bajo las tierras de la antigua propiedad familiar. Y Benedita es la única persona que podría encontrarlo.
Joaquim se quedó inmóvil.
De repente, todas las piezas comenzaron a encajar.
La resistencia de Manuel, los documentos ocultos, las antiguas amenazas y el interés por mantener a la familia de Benedita separada.
Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, se escuchó un grito desde el exterior.
Era uno de los trabajadores.
—¡Señor Joaquim! ¡Tiene que venir inmediatamente!
Joaquim salió corriendo.
En el patio, dos hombres sujetaban a un anciano que acababa de llegar a la hacienda.
Tenía el cabello completamente blanco, el rostro marcado por los años y caminaba con dificultad.
Cuando Benedita apareció en la puerta, el anciano levantó lentamente la cabeza.
La miró durante varios segundos.
Después comenzó a llorar.
—¡Benedita… hija mía!
Ella se quedó paralizada.
Aquel hombre conocía su nombre.
El anciano dio un paso hacia ella y pronunció unas palabras que hicieron que todo el mundo guardara silencio:
—He pasado dieciocho años buscándote. Tu madre nunca dejó de esperarte… y hay algo que debes saber sobre la noche en que nos separaron.
Benedita comenzó a llorar.
—¿Quién es usted?
El anciano se llevó una mano al pecho.
—Soy Antônio, hija. Soy tu padre.
Pero lo que ninguno de los presentes sabía era que Antônio no había llegado solo para recuperar a su hija.
Había regresado porque sabía que Manuel estaba a punto de cometer un crimen todavía más terrible.
Y aquella noche, antes del amanecer, alguien intentaría destruir todos los documentos que podían revelar la verdad.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 4…
PARTE 4: EL REGRESO DEL PADRE Y LA VERDAD QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO
Durante varios segundos, nadie se movió.
Benedita permanecía frente al anciano, incapaz de pronunciar una sola palabra. Sus ojos recorrían aquel rostro arrugado, buscando algún recuerdo de la infancia que le permitiera reconocerlo.
—¿Mi padre…? —susurró finalmente.
El anciano asintió mientras las lágrimas descendían por sus mejillas.
—Sí, hija mía. Soy yo. Sé que ha pasado mucho tiempo. Sé que apenas puedes recordar mi rostro, pero nunca hubo un solo día en el que dejara de buscarte.
Benedita dio un paso hacia él.
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