—Aquí hay un problema.
Joaquim levantó las cejas.
—¿Qué problema?
Ella explicó:
—Este canal de agua no puede abastecer los tres campos tal como está indicado aquí. El terreno es demasiado elevado en este lado, y el agua regresará al valle en lugar de llegar hasta los árboles.
Joaquim se quedó paralizado.
Había pagado una cantidad considerable de dinero a un ingeniero para que elaborara aquel plano. Además, la construcción del canal ya le había costado una gran parte de sus ahorros.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó sorprendido.
Benedita respondió:
—Mi padre trabajaba construyendo canales de riego antes de que lo vendieran lejos de nuestra familia. Cuando era pequeña, solía acompañarlo. Me enseñó a leer el terreno y a comprender la dirección del agua.
Después añadió con voz apagada:
—Más tarde trabajé durante años en diferentes haciendas. Me obligaban a cargar piedras y madera, pero nunca nadie me preguntó qué sabía hacer.
Joaquim permaneció mirándola.
De repente comprendió por qué aquella mujer se había negado a obedecer en las haciendas anteriores.
No era incapaz de trabajar.
Simplemente se negaba a ser tratada como una máquina sin cerebro.
En aquel instante, Joaquim tomó una decisión que cambiaría la vida de todos en Santo Antônio.
—Benedita, quiero proponerte algo.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Qué quiere?
Él volvió a señalar el mapa.
—Quiero que me ayudes a administrar el sistema de agua de la hacienda. No voy a pedirte que sigas las órdenes de los capataces. Quiero escuchar tus opiniones y que aprendamos el uno del otro.
Benedita no respondió inmediatamente.
Después hizo una pregunta que sorprendió al hacendado:
—¿Y qué pasará si me equivoco?
Joaquim sonrió.
—Arreglaremos el error y aprenderemos de él, como hace todo el mundo.
Era la primera vez en su vida que alguien le hablaba de aquella manera.
Pero Joaquim todavía no sabía que su decisión despertaría la furia de un hombre de la hacienda. Un hombre que temía perder el poder que había construido durante años mediante el miedo y las amenazas.
Se llamaba Manuel Ferreira y era el capataz principal de los trabajadores.
Cuando se enteró de que Joaquim había permitido que una mujer esclavizada se acercara a los libros de cuentas de la hacienda y opinara sobre los asuntos del trabajo, decidió hacer todo lo posible para que se arrepintiera.
Lo que Manuel no sabía era que Benedita guardaba un secreto de su pasado y que, cuando ese secreto saliera a la luz, revelaría una peligrosa verdad sobre la propia hacienda…
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
PARTE 3: EL TERRIBLE SECRETO QUE ESCONDÍA LA HACIENDA
Durante los días siguientes, la vida en la hacienda Santo Antônio comenzó a cambiar de una manera que nadie había imaginado.
Benedita pasaba las mañanas estudiando los mapas, revisando los canales de riego y recorriendo los terrenos junto a Joaquim. Por las tardes, observaba el comportamiento de los trabajadores y escuchaba sus problemas.
Al principio, muchos se burlaban de ella.
Algunos aseguraban que el propietario había perdido la razón. Otros decían que aquella mujer terminaría destruyendo lo poco que quedaba de la hacienda.
Pero Benedita no discutía con nadie. Simplemente trabajaba.
En menos de una semana descubrió tres errores importantes en el sistema de riego. Había canales construidos en direcciones equivocadas, depósitos mal ubicados y una compuerta que desperdiciaba enormes cantidades de agua.
Cuando Joaquim ordenó corregirlos siguiendo las indicaciones de Benedita, los resultados fueron sorprendentes.
El agua comenzó a llegar a campos que llevaban meses secos.
Los árboles de café, que parecían estar muriendo, empezaron a recuperar su aspecto.
Joaquim no podía creerlo.
—He pagado a ingenieros durante años y ninguno descubrió lo que tú encontraste en unos cuantos días —le dijo una mañana.
Benedita bajó la mirada.
—Mi padre siempre decía que la tierra habla. El problema es que casi nadie se detiene a escucharla.
Joaquim sonrió.
Pero mientras él comenzaba a confiar cada vez más en ella, Manuel Ferreira se llenaba de rabia.
Durante años había controlado la hacienda mediante amenazas, castigos y mentiras. Los trabajadores le tenían tanto miedo que nadie se atrevía a contradecirlo.
Ahora, aquella mujer a la que todos habían considerado inútil estaba consiguiendo algo que él nunca había logrado: ganarse el respeto de los demás sin necesidad de levantar la voz.
Y eso era algo que Manuel no estaba dispuesto a permitir.
Una noche, cuando todos dormían, Manuel entró en el despacho de Joaquim.
Abrió uno de los cajones y sacó varios documentos relacionados con las tierras de la hacienda.
Entre ellos encontró un antiguo registro de propiedad, fechado en 1839, y una lista de nombres escrita a mano.
Al leer uno de aquellos nombres, su rostro cambió.
Era el apellido de la familia de Benedita.
Manuel cerró rápidamente el documento y volvió a guardarlo.
Entonces comprendió que la llegada de aquella mujer podía destruir algo mucho más importante que su autoridad.
Podía sacar a la luz un secreto que llevaba casi veinte años enterrado.
A la mañana siguiente, Manuel se acercó a Benedita mientras ella revisaba una compuerta de agua.
—Así que ahora eres una señora importante, ¿verdad? —dijo con una sonrisa desagradable.
Benedita continuó trabajando.
—Solo estoy haciendo lo que el señor Joaquim me pidió.
—No te confundas. Aquí nadie te considera una igual.
Ella levantó lentamente la cabeza.
—No necesito que me consideres nada.
La respuesta enfureció al capataz.
Se acercó a ella y señaló su enorme cuerpo.
—Escúchame bien. He visto a mujeres como tú llegar a esta hacienda creyendo que pueden cambiar las cosas. Ninguna consiguió nada.
Benedita lo miró directamente.
—Quizá porque nadie les permitió intentarlo.
Manuel apretó los dientes y se marchó sin responder.
Pero aquella conversación solo había sido el comienzo.
Tres días después, ocurrió algo terrible.
Una de las compuertas principales apareció completamente destruida. El agua había inundado una parte del terreno y varias decenas de árboles jóvenes quedaron arruinados.
Manuel reunió inmediatamente a los trabajadores.
—¡Esto es culpa de Benedita! —gritó—. ¡Ella fue la última persona que estuvo aquí!
Algunos hombres comenzaron a murmurar.
Benedita llegó poco después y observó los daños.
No se defendió inmediatamente.
Se arrodilló junto a la compuerta y examinó la madera rota.
Después encontró algo extraño.
Un pequeño trozo de hierro estaba incrustado en una de las bisagras.
Lo sacó y lo examinó cuidadosamente.
—Esto no se rompió por accidente —dijo.
Manuel soltó una carcajada.
—¡Ahora también eres experta en investigar delitos!
Benedita se levantó.
—Alguien golpeó la bisagra desde el exterior. La madera no se rompió por la presión del agua.
Joaquim, que acababa de llegar, se acercó.
—¿Estás segura?
Ella señaló unas marcas en el barro.
—Mire las huellas. Hay dos personas. Una llevaba botas grandes y la otra tenía el pie derecho ligeramente torcido.
Todos miraron al suelo.
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