PARTE 2

El interior estaba lleno de polvo, madera podrida y telarañas.

Benedita comenzó a examinar las paredes.

Recordaba la voz de su madre repitiendo aquella canción.

«Donde duerme el agua, la verdad espera».

De repente, observó una pequeña piedra diferente a las demás.

Tenía grabada una figura: una flor de cuatro pétalos.

—¡Papá! ¡Mira esto!

Antônio se acercó y comenzó a llorar.

—Tu madre la dibujó. Es la señal.

Joaquim ayudó a retirar varias piedras.

Detrás encontraron una pequeña cavidad.

Dentro había una caja de hierro oxidada.

Benedita se arrodilló y la abrió cuidadosamente.

En su interior había varios documentos envueltos en tela, un pequeño medallón de plata y una carta.

La carta llevaba el nombre de Benedita escrito con una letra delicada.

Reconoció inmediatamente aquella escritura.

Era de su madre.

Con las manos temblorosas, comenzó a leer:

«Mi querida hija:

Si algún día encuentras esta carta, significa que has sobrevivido y que alguien te ha ayudado a descubrir la verdad.

Quiero que sepas que nunca te abandoné.

Tu padre y yo hicimos todo lo posible por protegerte.

Pero hay algo que debes saber: el hombre que ordenó nuestra separación no fue Manuel Ferreira.

Fue alguien mucho más poderoso.

Alguien que todavía vive y que conoce tu verdadero origen».

Benedita dejó caer la carta.

Antônio comenzó a temblar.

Joaquim miró a ambos.

—¿Quién fue? ¿Quién ordenó todo aquello?

El anciano levantó lentamente la cabeza.

Su rostro estaba completamente pálido.

—El padre del actual propietario de estas tierras.

Joaquim retrocedió.

—¿Mi padre?

Antônio asintió.

—Sí, Joaquim. Tu padre conocía a nuestra familia. Y no solo sabía que aquellas tierras nos pertenecían. También sabía que Benedita había nacido con un derecho sobre ellas.

Benedita miró a Joaquim, incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.

Pero antes de que pudieran continuar, se escuchó un ruido en el exterior.

Alguien había cerrado la puerta del molino.

Después se oyó una voz conocida:

—¡Nadie saldrá de aquí con esos documentos!

Era Manuel Ferreira.

Y no estaba solo.

Había llegado acompañado de varios hombres armados.

Joaquim se colocó delante de Benedita y de su padre.

Manuel levantó una antorcha y sonrió.

—Se acabó el juego. Entréguenme la caja y quizá les permita salir de aquí.

Benedita apretó la carta de su madre contra el pecho.

Entonces, desde el exterior, se escuchó el sonido de varios caballos acercándose a toda velocidad.

Manuel dejó de sonreír.

Una voz de mujer gritó desde la entrada:

—¡Detengan todo! ¡Nadie tocará a mi hija!

Benedita se quedó completamente inmóvil.

Conocía aquella voz.

La había escuchado en sus recuerdos durante dieciocho años.

Era su madre.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 5…

PARTE 5: EL REGRESO DE SU MADRE Y EL FINAL QUE NADIE ESPERABA
—¡Detengan todo! ¡Nadie tocará a mi hija!

Aquella voz atravesó el viejo molino como un rayo.

Benedita sintió que el corazón se le detenía.

Durante dieciocho años había imaginado aquel momento. Había soñado con volver a escuchar la voz de su madre, con sentir sus brazos alrededor de su cuerpo y con preguntarle por qué la había abandonado.

Pero nunca había imaginado que sucedería de aquella manera.

Una mujer apareció en la entrada del molino. Llevaba un vestido oscuro, un pañuelo sobre los hombros y el cabello cubierto de canas. Su rostro estaba marcado por el paso del tiempo, pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Era Rosa.

La madre de Benedita.

—¡Mamá! —gritó la joven.

Rosa corrió hacia ella y ambas se abrazaron con una desesperación imposible de describir.

Benedita cayó de rodillas mientras lloraba.

—¡Pensé que habías muerto! ¡Te busqué durante tantos años!

Rosa acarició su rostro con las manos temblorosas.

—Perdóname, hija mía. Perdóname por no haber podido encontrarte antes. Nunca dejé de buscarte. Cada noche le pedía a Dios que estuvieras viva.

Antônio se acercó lentamente.

Durante unos segundos, los dos esposos se miraron sin hablar.

Después Rosa extendió los brazos y él la abrazó.

La familia que había sido destruida dieciocho años atrás volvía a estar reunida.

Pero Manuel Ferreira no tenía intención de permitir que aquel momento terminara felizmente.

—¡Basta de sentimentalismos! —gritó—. ¡Entréguenme los documentos!

Uno de sus hombres avanzó hacia Benedita.

Sin embargo, Rosa se interpuso.

—¡No volverás a tocar a mi hija!

Manuel soltó una carcajada.

—¿Crees que puedes detenerme, vieja? Llevo años esperando este momento.

Entonces Joaquim dio un paso adelante.

—Manuel, se acabó. Los documentos que buscas contienen pruebas suficientes para llevarte ante la justicia.

El capataz levantó la antorcha.

—¡Esos papeles no significan nada! ¡Yo controlo esta región!

Pero en ese momento ocurrió algo inesperado.

Desde el exterior aparecieron varios hombres a caballo.

No eran trabajadores de la hacienda.

Eran representantes de las autoridades locales, acompañados por dos funcionarios que llevaban documentos oficiales.

Al frente iba el juez encargado de investigar las antiguas reclamaciones de tierras.

—Manuel Ferreira, deje inmediatamente esa antorcha y apártese de los documentos —ordenó.

Manuel palideció.

—¿Qué significa esto?

Joaquim respondió:

—Antônio consiguió enviar una carta antes de venir al molino. Sabía que intentarías destruir las pruebas.

El anciano había previsto que Manuel no se quedaría de brazos cruzados. Antes de regresar a la hacienda, había pedido ayuda a un antiguo conocido que trabajaba en la administración local.

La carta había llegado a las autoridades junto con una copia de los documentos encontrados en los registros de la hacienda.

Manuel intentó escapar por una puerta lateral, pero dos hombres le cerraron el paso.

La antorcha cayó al suelo.

Uno de los funcionarios recogió la caja de hierro y comenzó a revisar los documentos.

Entre ellos encontró escrituras antiguas, registros de nacimientos, contratos falsificados y una lista de propiedades que habían sido arrebatadas ilegalmente a varias familias.

Pero había un documento especialmente importante.

Era una declaración firmada por el antiguo propietario de las tierras, el padre de Joaquim.

En ella reconocía que la familia de Antônio tenía derechos legítimos sobre una extensa parcela de terreno, incluido el lugar donde se encontraba la hacienda Santo Antônio.

Joaquim leyó el documento lentamente.

Su rostro cambió.

Comprendió que su familia había construido su fortuna sobre una injusticia que había permanecido oculta durante décadas.

Miró a Benedita.

⏬ Continua en la siguiente pagina

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *