Hizo una pausa.
—Claire, la empresa quiere resolver esto de forma profesional. ¿Estaría dispuesta a colaborar como consultora externa temporal?
Ahí estaba la primera oferta seria.
—Envíenme una propuesta.
—La situación es urgente.
—Precisamente.
A las diez y media, NorthBridge había perdido el acceso normal a buena parte del procesamiento interno de la sucursal.
No era un apagón cinematográfico.
Las luces seguían encendidas.
Los ordenadores arrancaban.
Los empleados podían enviar algunos correos.
Pero las arterias fundamentales de la operación estaban constreñidas.
Las órdenes de clientes entraban y quedaban esperando.
Los almacenes no podían validar ciertos movimientos.
Los equipos comerciales no veían datos sincronizados.
Finanzas trabajaba con exportaciones del día anterior.
Los teléfonos no dejaban de sonar.
La empresa no estaba muerta.
Estaba sufriendo algo mucho peor para una compañía moderna:
podía ver el trabajo acumulándose sin poder procesarlo.
Mia seguía enviándome mensajes.
El jefe de ventas está rojo.
Cinco minutos después:
Ahora están reunidos con Nueva York.
Después:
Robert también está en la llamada.
Eso me hizo incorporarme.
Robert Hayes había sido director de nuestra oficina durante catorce años.
Dos meses antes lo habían trasladado a un puesto corporativo ambiguo que todos interpretamos como una jubilación elegante.
En realidad, la llegada de Ethan formaba parte de una lucha política interna que yo nunca había querido entender.
Robert me llamó a las once.
—¿Estás bien?
Era la primera pregunta que hacía.
No “¿puedes arreglarlo?”.
No “¿qué está pasando?”.
—Estoy bien.
—Me alegro.
—¿Cómo están las cosas?
Se rio cansadamente.
—Ethan está descubriendo que un MBA no sustituye ocho años de conocimiento institucional.
—Robert…
—Lo sé. No debería disfrutarlo.
—No dije eso.
Volvió a reír.
Después su tono cambió.
—Quiero que seas cuidadosa, Claire. Muy cuidadosa.
—Lo soy.
—Ya hay personas preguntando si provocaste esto.
—Era previsible.
