Mi esposo y yo viajábamos en tren cuando una mujer vestida con ropa brillante y colorida se sentó a mi lado, miró a mi esposo dormido y susurró en voz baja:
El lugar estaba desierto. No había personal de estación, ni pasajeros esperando, solo un par de farolas parpadeantes que proyectaban sombras alargadas y una densa niebla que flotaba sobre las vías. El pueblo, a lo lejos, parecía un cementerio de casas apagadas.
Me refugié bajo el cobertizo de la pequeña estación, ocultándome detrás de una columna de hormigón. El miedo me hacía temblar tanto que apenas podía sostener el bolso. Saqué el teléfono móvil para llamar a mi hija o a la policía, pero la pantalla mostraba un desalentador “Sin servicio”. Estaba incomunicada, en medio de la noche, en un pueblo desconocido.
A los pocos minutos, el silbato del tren anunció la partida. Las ruedas de metal comenzaron a girar de nuevo, chirriando contra los raíles. El convoy empezó a deslizarse lentamente, ganando velocidad vagón tras vagón.
Me quedé allí, observando las ventanas iluminadas que pasaban ante mí como fotogramas de una película de la que acababa de escapar. Busqué con la mirada el vagón número 7, nuestro vagón.
Cuando el compartimento que yo había ocupado pasó frente a mi posición, la luz interior se encendió de golpe. Me encogí detrás de la columna, pero no pude apartar la vista.
A través del cristal, vi a mi esposo. Ya no estaba dormido. Estaba de pie, pegado a la ventana. Pero no tenía la expresión de un hombre asustado que busca a su esposa perdida en una parada imprevista. Su rostro estaba desencajado por una furia ciega, animal. Tenía en su mano el pasaporte y el recorte de periódico que yo había dejado caer sobre el asiento en mi huida. Sabía que yo lo sabía.
Pero lo que me llenó de un terror puro, un terror que paralizó mis pulmones y heló mi sangre, no fue su mirada de odio. Fue lo que vi justo detrás de él, en la penumbra del compartimento.
Una figura se materializó desde el fondo del pasillo del vagón, deteniéndose justo detrás de mi esposo. Era la mujer de la falda brillante y el pañuelo en la cabeza. Pero ya no parecía una persona de carne y hueso. A través del cristal sucio del tren, su rostro se veía pálido, casi translúcido, y sus ojos brillaban con una intensidad antinatural bajo la mortecina luz fluorescente.
Mi esposo no parecía notar su presencia. Seguía escudriñando el andén exterior con rabia. Entonces, la mujer levantó una mano. Sus uñas eran largas y oscuras. Con un movimiento lento, casi coreográfico, envolvió el cuello de mi esposo desde atrás.
Él abrió los ojos desmesuradamente, como si de repente se hubiera quedado sin aire, y se llevó las manos a la garganta, luchando contra una fuerza invisible. Intentó gritar, golpeó el cristal de la ventana con el puño, pero el vidrio era grueso y el ruido del tren amortiguaba cualquier sonido. Sus ojos, llenos de un pánico mortal, se clavaron en los míos a través de la distancia. Me vio. Supo que lo estaba mirando.
La mujer del pañuelo giró la cabeza hacia mí. A pesar de la velocidad que el tren estaba cobrando, nuestras miradas se cruzaron con una claridad asombrosa. Ella no sonreía, no había malicia en su rostro; solo una severa justicia. Me dedicó un leve asentimiento con la cabeza, una despedida.
En un último paroxismo de dolor, mi esposo fue arrastrado hacia atrás, desapareciendo de la ventana hacia la oscuridad del compartimento. La luz del vagón parpadeó y se apagó por completo.
El tren aceleró, convirtiéndose en una línea roja de luces traseras que se hundió en la negrura de la noche, dejando tras de sí un silencio sepulcral, roto solo por el siseo del viento entre los cables de alta tensión.
Me dejé caer de rodillas sobre el frío suelo de piedra del andén, llorando desconsoladamente, apretando el pequeño amuleto que aún conservaba en el puño.